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Reproducción

La mortalidad postnatal y perinatal en el corzo es muy elevada. La climatología y, en especial la pluviometría, tienen una influencia determinante en la supervivencia de las crías en los primeros días. La lactancia dura unos seis meses, es decir, hasta noviembre, no obstante las crías permanecerán con la madre hasta la primavera siguiente. La ganancia de peso diaria es rápida durante el primer mes, siendo fundamental un buen crecimiento en estos primeros días para llegar en condiciones ventajosas al otoño.

En  julio comienza el celo, aumentando la frecuencia de las escodaduras. En el sur peninsular se produce a inicios de mes en tanto que en el resto no lo hará hasta mediados, existiendo importantes diferencias locales. En las hembras el celo es muy breve, de dos o tres días. Las cubriciones comenzarán en especial en días calurosos y húmedos.

Los corzos son animales monoéstricos, es decir, con un único celo al año, siendo imposible que se repita en caso de que la corza no quede preñada. Esto es una condición necesaria por la particularidad que esta especie presenta en la gestación, la diapausa embrionaria o gestación suspendida. Desde los quince días siguientes a la fecundación hasta cinco meses más tarde, es decir, hasta enero, los embriones se mantienen durmientes en lugar de anidar en la mucosa uterina y desarrollarse. Esta estrategia es poco común entre los herbívoros pero no es infrecuente en los carnívoros de climas fríos, que tienden a optimizar el empleo de energía; su función es que los nacimientos y la lactancia coincidan con la máxima disponibilidad de alimentos.

Desde mediados de septiembre los machos empezarán tener menores niveles plasmáticos de testosterona lo que acabará originando el desprendimiento de los cuernos; es entonces cuando la conflictividad entre machos comienza a desaparecer.