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Carlos  
19/06/2017 0:07:54
(1 vistas, 1 respuestas)
El de la cámara

Finales de marzo. Ya parece que ha pasado el duro invierno turolense, y el campo empieza a romper. Los hay, como yo, que disfrutan tanto o más con los prismáticos que con el rifle, que están más en el campo que en la cama. Y es que uno ya está pensando en la más que inminente temporada corcera.


En una de esas tardes, en un rincón del coto que no había mirado años anteriores avisto una pareja de corzos comiendo tranquilos unos brotes aún tiernos de trigo. Mido con el telémetro; 300m, miro con los prismáticos; pues no parece gran cosa el macho - me digo a mi mismo -, le hago unas fotografías y continúo mi marcha. Al llegar a casa reviso las fotografias, y ahí viene mi sorpresa: parece un macho muy grueso, no es largo pero sí tiene 6puntas simétricas bien formadas.


Lo vuelvo a ver dos veces más a menos distancia, cerciorándome del trofeo que porta el animal. Tengo claro su territorio y sus querencias. Ahora tocaba esperar a junio, este año el sorteo quiso que lo intentara la segunda semana de junio. El corzo de la cámara se había convertido en el corzo de la temporada.


Pasaban las semanas, y uno tenía cada vez más miedo e intriga. Miedo, por los que se enorgullecen de cazar por la noche a traición con la luz de un foco. E intriga, por si un compañero se hacía con él. Miraba las fotografías casi de manera diaria, me quitaba el sueño.


Junio. Mes complicado para cazar corzos, tal vez aún más para los grandes machos. Pero el objetivo de la semana estaba claro, hacerse con ese corzo. Los trigos ya habían espigado, así que lo esperaría en dos esparcetas muy apetecibles cercanas a donde creía que se encamaba.


Dependiendo de la dirección del viento lo esperaría en un pipirigallo u otro. Una de esas tardes escucho ladrar un corzo enfrente de donde estaba colocado, a unos 400m. En la pinada donde creía que pasaba las horas del día. ¿Será el corzo que busco?, ¿me habrá olido o visto?. Imposible, tengo el aire a favor y estoy bien tapado -me digo-. Espero unos minutos y no consigo verlo, así que decido cambiarme al otro pipirigallo que no veía desde mi posición. Me asomo con cuidado y... ¡hay uno! ¡¡¡hay unooo!!!. Miro con los prismáticos... ¡es élll! le digo a un amigo. Mido con el telémetro; 80m... "está a huevo, no lo puedo fallar". Planto el Sauer, me tumbo, me tranquilizo y espero a que me de totalmente el perfil. Cojo aire, pongo el pelo y la Winchester BST de 130grains del 270win hunde al animal en el pipirigallo. ¡Seco, ha caído seco! -me grita mi amigo-.


Me acerco con un sentimiento extraño, lo miro y lo miro antes de tocarlo. Ha muerto tranquilo, sin sufrir. Un corzo precioso: grueso de abajo a arriba, perlado, rosetas caídas, buenas puntas y de estacas rojas como la arcilla. Fotos y más fotos, precintado y a casa. Cojo la cámara con una mano, miro las fotos de marzo. Y la cabeza, en la otra.


Es él, sin duda. El corzo de la cámara, el que había fijado como objetivo de la temporada...ya estaba en casa.