Biología

El corzo (Capreolus capreolus L.) pertenece al gran grupo faunístico de los Ungulados, es decir animales que tienen sus extremidades terminadas en pezuñas y con apoyo en la última falange, en concreto, en el caso del corzo, sobre los dedos III y IV. Dentro de este grupo heterogéneo, está incluido dentro de los rumiantes, es decir animales con dieta herbívora, dientes selenodontos, carencia de incisivos en la mandíbula superior, caninos inferiores modificados en un cuarto incisivo y estómago dividido en 4 cámaras. En el caso del género Capreolus esta compartimentación digestiva no es completa, lo que le obliga a llevar una dieta rica en componentes nutritivos adaptándose perfectamente a los ciclos anuales de la vegetación y con capacidad de limitar el consumo de energía durante la época más desfavorable.

De talla pequeña, presenta una altura de la cruz que oscila entre los 65-75 cm, y un peso de medio de 20 a 30 kg., siendo las hembras ligeramente más pequeñas que los machos. También dentro de la población ibérica hay diferencias de tamaño, siendo los corzos cantábricos los que alcanzan mayores tallas y pesos, mientras que los andaluces son sensiblemente menores, seguramente como adaptación a un clima y vegetación determinados. En cuanto al color de la capa, también hay diferencias entre los corzos españoles, manteniendo un pelaje gris durante todo el año, en el caso del corzo morisco y tornándose rojizo, en verano, en el caso del resto de las poblaciones ibéricas.

Como miembro de la familia de los cérvidos, los machos presentan cuerna caediza, de reducidas dimensiones y poco ramificada -usualmente con seis puntas-, y cuyo ciclo de renovación sucede en la época más desfavorable del año (invierno). Además, tanto machos como hembras, poseen una larga serie de glándulas olorosas importantes desde el punto de vista de las relaciones sociales con sus congéneres.

Otra característica que lo define es el acusado carácter territorial, especialmente en el caso de los machos, que mantienen una zona de exclusión frente a otros congéneres durante gran parte del año, prolongándose el período de celo de los machos durante casi 6 meses al año (de abril a septiembre).

Su reproducción viene condicionada por el fenómeno de la diapausa embrionaria, por el cual el óvulo permanece flotando en el útero de la hembra desde el momento de la fecundación (julio-agosto) hasta principios del invierno (diciembre) comenzando entonces un ciclo de gestación normal, produciéndose los partos a finales del mes de abril. Su aparente éxito demográfico se debe a este fenómeno y al hecho de que en condiciones normales cada hembra pare dos recentales o corcinos al año (incluso 3 en casos excepcionales), siendo ya fértiles al primer año de vida, fertilidad que mantienen hasta edades muy avanzadas (8-9 años).

Todas estas características unido a su gran plasticidad adaptativa a todo tipo de hábitats, incluso agrosistemas de llanura, le ha conferido un notable éxito demográfico que le ha llevado a la situación de prosperidad actual en la Península Ibérica. Sin embargo su historia evolutiva se encuentra llena de altibajos demográficos, lo que también indica una extraordinaria fragilidad ante fenómenos como cambios bruscos del hábitat, presión de caza, predación, etc.

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