En la actualidad la presencia del corzo es muy común y está en expansión en muchas áreas. Sin embargo estuvo casi extinguido en zonas del sur de Europa debido a la pérdida de su hábitat y la sobreexplotación en la primera mitad del siglo pasado. El número de corzos empezó a incrementarse de nuevo hace 20-40 años debido al abandono del campo, la mejora de los regímenes de caza y las reintroducciones.
En la Península Ibérica el corzo ha atravesado por muchas vicisitudes: desde una severa reducción de sus efectivos durante siglos, consecuencia de una política ganadera basada en el pastoreo trashumante con ovinos, y defendido desde las más altas instancias del Estado, hasta el crecimiento casi explosivo de sus poblaciones en tiempos recientes, habiéndose incrementado por diez su área de distribución en España en los últimos cincuenta años.
La territorialidad de esta especie es una de las raíces fundamentales de su expansión. La expulsión de los jóvenes del año anterior de las tierras que les vieron nacer, obliga a que la especie se difunda por terrenos limítrofes y sin propietario, siendo el efecto mucho más acusado que en otras especies, que pueden ver aumentados sus efectivos sin tal dispersión geográfica de los mismos. Pero además, su extraordinaria capacidad de adaptación a distintos medios hace que el corzo pueda ocupar estratos agro-forestales o, incluso, netamente agrícolas y humanizados, en los que otras especies no podrían habitar por su necesidad de ambientes del tipo forestal puro.