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Usuario anónimo
12/03/2006 22:54:11
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Un pellizco de suerte
Este relato apareció en el mes de mayo de 2005 en Trofeo. Tengo un recuerdo especial de aquella jornada, y a riesgo de aburrir por lo extenso lo copio aquí. En la foto Manolo "O Enredo" gran amigo y mejor persona. Saludos. _________________________________________________ Hay quien se pasa la vida esperando que la suerte le llegue en forma de un “pellizco”, en referencia a lograr por azar una inusual cantidad de dinero que permita la holganza de su afortunado propietario. En esto de la caza, la suerte no es cuestión baladí, y me atrevería yo a decir más, en la caza, en la de verdad, esa sin cercas o cebos, la suerte es elemento consustancial al lance, y tanto es así que desde la noche de los tiempos los hombres hemos buscado la gracia de los dioses titulares de la fortuna, bien mediante ritos preparatorios, consultas a oráculos, o postreras ofrendas que nos congracien con la suerte. Y es que sin suerte no hay emoción, o mejor, sin la posibilidad de que esta no nos acompañe no hay lance. Si el éxito estuviera siempre de nuestra parte seríamos poco más que ejecutores, pero el azar juega un papel fundamental en el desarrollo de nuestra afición. Sirva esta reflexión para centrar la narración de un sucedido que me vino a acontecer el pasado año en los montes de Puntenuevo. Desde hace algunos años vengo cazando en las tierras de frontera de esta mi Asturias querida, donde el padre Eo se nutre de sus aguas que en otros tiempos mejores que los presentes colmaban salmones y truchas para deleite de pescadores, hosteleros y ribereños. De un tiempo a esta parte la pesca languidece sin que nadie ponga remedio al sensible empobrecimiento de estas hermosas aguas. Pero es de caza de lo que hoy vengo a escribir. Pues eso, que en las vecinas tierras lucenses del concello de A Pontenova, este que escribe, dedica no pocas tardes de la primavera y unos cuantos amaneceres a perseguir la quimera del lance que colme todas mis esperanzas. Su proximidad relativa, a penas una hora de casa, me permite el desplazarme algunas tardas de entre semana con la intención de disfrutar del ocaso asomado a algún prado o un claro de los montes de alguna de las aldeas que jalonan las fragas y plantaciones del coto. Me acompaña en estos menesteres el bueno de Manuel Lombardero, Manolo “O Enredo”, hombre de gran corazón al que sólo gana en tamaño su afición al monte y a la caza. Manolo está siempre dispuesto a salir a cualquier hora a acompañarme, o indicarme por donde se vio cualquier indicio fiable de corzos. Manolo es hijo de la tierra, un gallego que se hizo en la emigración; primero en los montes de Francia y luego en la minería del Bierzo. Buscó esposa en su tierra y a ella regresó cuando aún joven la prejubilación le permitió dedicarse a lo que le gusta: la caza. Era ya a inicios de julio, y mi última oportunidad de cazar corzos en la temporada de primavera-verano, ya que iniciaba las vacaciones y me alejaba del norte. En toda la primavera había ido bastante pero con poco éxito, buscaba lo que no encontré y me hallé el último día con un precinto y ganas de cazar. Había llamado a Manolo la tarde anterior para decirle que ese sábado madrugaríamos para darle una vuelta a lo de la Forestal, como se llama por allí al monte consorciado con la Xunta. Dicho y hecho. A las 4,30 de la mañana pegaba un salto de la cama, desayunaba, cogía los trastos y a Runa, y ponía rumbo a Puentenuevo. La noche lucía magnífica, raso, estrellado y sin un atisbo de viento sur. Al llegar al Eo, el río me obsequiaba con una espesa capa de niebla que casi era posible masticar. La cosa se complicaba. En A Pontenova la cosa estaba aún peor. Al enfocar la recta de entrada pude ver la inequívoca silueta de la humanidad de Manolo. - ¡Mala mañana traemos Manolo! - Tranquilo que ha de despejar, y además sino, en la Forestal no la habrá. Esta sentencia no me dejaba del todo tranquilo, conocedor como soy de lo insidiosa que es la borrina en la zona alta, donde confluyen Asturias con Taramundi y Oscos, con A Fonsagrada y A Pontenova. Con todo y con ello iniciamos la marcha, aún con bastante noche por delante, buscando que las primeras luces nos vieran en lo alto del concello. Departíamos Manolo y yo sobre cómo se va despoblando el agro asturgalaico y de lo que ha de acontecer en el medio natural y en la caza en los próximos años, mientras veíamos en la penumbra del alba cómo los prados se vienen a monte o cómo se plantan en busca de alguna renta. Subíamos al ritmo cansino del que asciende sin angustia por las pistas sin asfaltar que facilitan el acceso al confín con Taramundi. Entre dos luces hice un par de asomadas a praderas sin más éxito que vislumbrar a alguna urraca que se merendaba a los adormecidos “saltapraos”. Ya apuntaba la mañana cuando la niebla dio paso al cielo más límpido y claro que imaginarse pueda, esos cielos madrugadores que en el campo son privilegio del recechista pertinaz que se castiga día tras día con madrugones impenitentes, y que alguna vez es bendito en este norte con el saludo del sol de la mañana. Por fuerza habíamos de entrar con el sol de través, con lo que su ángulo oblicuo no nos había de favorecer gran cosa, pero entre los bosques y malezas, la entrada se te da hecha. Buscábamos ahora unos prados altos y bastante extensos en los que ya habíamos visto en varias ocasiones un corzo, que sin ser grande ni mucho menos, había de ofrecer una buena oportunidad de caza. Como a unos mil metros o algo más del prado en cuestión hicimos un alto para echarle un vistazo en la distancia a la pradera e intentar adivinar si había chance. ¡Y vaya si la había! Allí, entre hierbas verdes bien crecidas, rodeados de bosques, estaba el corzo. Le echamos el telescopio para ver si era el macho, y era. Nos quedaba comprobar el aire y planear la entrada. Manolo, que es hombre prudente y procura no estar cerca de los tiros, quedó en avanzar unos 100 metros más, asomarse tras un piorno, escrutar mientras yo avanzaba. Runa se quedaría con él y yo haría la entrada. Hasta el prado había que tomar una senda, y luego atravesar un bosquete de pinos, en este trance había de perderle la cara al corzo, pero parecía pacer tranquilo. Dicho y hecho. Me puse en camino procurando como siempre no pensar en al lance, intentando que todo salga como algo natural, meditando lo mínimo. Así lo hice, y al llegar adonde estimaba que habría algo menos de 100 metros a mi corzo me asomé con precaución.... y nada, ya no estaba. Al punto siento la voz de Manolo: ¡Para arriba, se va para arriba! En efecto, al mirar hacia la parte alta del prado, en el límite ya con el bosque, veo al corzo que mira en dirección a las voces. El corzo había careado buscando el abrigo del monte, andando tranquilo, cuando el vocerío de Manolo alteró su marcha. La distancia era muy grande, pero entre él y yo sólo había pradera. Además estaba atento, con las orejas enhiestas intentando adivinar a qué venían aquellos gritos. El corzo estaba de costado, así que abrí las varas, puse el visor a 9 aumentos, monté el pelo, apunté con cuidado... y nada. Cuando creía que el corzo se desplomaría rodando, vi claramente que no le había tocado. Sin embargo, el corzo incólume, seguía esperando. Abrí la báscula, extraje la vaina y cargué, volví a repetir los gestos, y de nuevo fallo. Dicen que la Ley del Juego predice que en intentos sucesivos el riesgo que se asume en los envites es menos reflexivo y la tendencia a fallar es mayor. Pero en esta ocasión no parecía que iba a tener ocasión a reflexionar demasiado. Al disparo el corzo arrancó a correr en diagonal, acercándose unos 50 metros en dirección al monte, me puse de nuevo a cargar en el intento vano de ponerle el visor encima, cuando de entre el monte surgió una corza. El macho se paró en seco, se quedó mirando a la hembra ofreciéndome el cuello y la cabeza a unos 200 metros. La corza inició lo que me pareció un escarceo de cortejo, bajando la cabeza, como si paciera, acercándose al macho. Éste rápidamente se olvidó de los tiros y empezó a olfatear a la corza, parecía iba a tener otra oportunidad. Volví a cargar, corregí las varas, apunté, monté el pelo. Sólo le veía a medias entre unas pequeñas matas de tojo. Busqué el cuello y disparé. De nuevo nada, era desesperante. Busqué rápidamente otra bala, cargué y al levantar la cabeza vi como la corza decidía que aquello estaba resultando arriesgado, enhebrando una decidida carrera a la que ahora acompañaba el macho. Ya tenía de nuevo el arma preparada, el ánimo deshecho, cuando vi que el corzo iba a pasar entre dos matas. ¡Ahora o nunca me dije! Corrí la mano, y disparé. Me pareció que el momento de ir apretar el gatillo el corzo había bajado la cabeza, pero en todo caso tenía la certeza de que había vuelto a fallar. Oí la voz de Manolo que se acercaba. - Pero hombre ¿Qué pasó? - Que qué pasó. Pues que soy un manta, y ten cuidado no tropieces con tanta vaina que por aquí tengo. – le contesté, mientras me agachaba a recoger las mismas. No era la primera vez que fallaba, desde luego, y tampoco sería la última, pero... Buscaba razones; Gerardo, era muy largo; sí pero cuantos otros han caído a esa distancia; no, no había excusa. En estas Manolo se llegó a mí. Pensé que, como siempre, hay que ir al tiro, no fuera el demonio que hubiese sangre o pelo... tomé a Runa y me encaminé al punto del primer disparo, jurando y reviviendo el chasco. Al llegar allí la teckel ya sentía el rastro, pero de sangre o pelos, nada de nada. Seguí a la perra en dirección a la huida. Nada tampoco. Al fin, cuando ya decidí desistir, me sorprende la perra con un tirón, y entre unos tojos, justo donde había realizado el último disparo, estaba el corzo. Lo miré con asombro, o mejor dicho con auténtico estupor. - ¡Manolo, pásmate, está aquí el corzo! Me acerqué a él después de atar a la perra y me puse a examinarle. Estaba claramente muerto. Intenté buscar la herida, pero no aprecié sangre en pare alguna, busqué y busqué. Cuando llegaba Manolo vi unos pelos descolocados, estaba justo detrás de las orejas. Miré y allí encontré el orificio de mi bala. Se trataba de un pellizco, una herida que tan sólo interesaba a la piel. No tocó hueso ni músculo, tan sólo la gruesa piel de la parte superior del cuello, con orificio de entrada y salida y sin si quiera una gota de sangre. Supongo que la bala originó una fuerte sacudida, que al ser tan próxima al bulbo raquídeo le produjo la muerte instantánea. Así fue la historia del pellizco de suerte con el que terminé la temporada pasada. No fue un corzo de gran trofeo, pero sí un lance para recordar.