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Usuario anónimo
13/03/2006 19:14:18
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Un corzo sabor a cereza
Supongo que aunque lo haya colgado en otra web, el relato como es mío, podré colgarlo donde quiera. Por Manel, mi compañero del alma que se tiene ganado el cielo por aguantar mi obsesión de pasar las tardes con la garganta seca y los ojos mojados, robando horas al sueño. EL CORZO DE LAS CEREZAS. A esa hora donde la desesperanza se mezcla con la inminente penumbra que anuncia el ocaso del día que se va, cuando los mosquitos, emulando a sedientos vampiros ávidos de sangre se sacian en nuestros pescuezos a sabiendas, quizá, de que evitamos dar un manotazo e incluso mover un músculo que delate nuestra posición... A esa hora, con el trallo de mi perra de sangre ,compañera penitente de mis desvelos, atado a la cintura, a diez metros de mi cazador, mi amigo del alma, compadre y compañero, me quede de muestra en el linde de un pastizal enorme flanqueado por una tira de robles que se había hecho fuerte ante un viejo pinar, en sazón ya de ser cortado. Manel me vio petrificado, semioculto aprovechando un seto de espinos, él que me conoce, sabia que al igual que sus setter, aquella postura hacía prever una pieza ...pero ¿dónde?. No aparte los prismáticos de mis ojos, la luz disminuía pareja a la velocidad con que mis neuronas se conectaban unas con otras, aquella silueta, aquellas orejas, esa grupa levantada, el lindero, todos los factores se iban conjugando en la ecuación y al final, lo que mi mente ya había dibujado se iba tornado cromático, claro y diáfano en el centro de los prismas de ocho aumentos, aún así, ahora que el resultado de la operación estaba claro, de nuevo mis neuronas analizaban, esta vez con ese instinto que solo diez mil fallos te hacen poseer, como meter una punta de 7 mm en un blanco tan distante y no solo eso, si a mí, harto de verlos, me había parecido imposible detectar aquella furtiva figura ¿Cómo se la haría ver a mi compañero? El corzo se había plantado igual que yo, petrificado a medio metro de su mundo, a cincuenta centímetros de su salvación, una vez más como tantas otras veces nos había hecho, podía sentir sus pupilas clavadas en los tubos de 42 que se habían convertido mis ojos, sabiéndose seguro por la distancia, la hora y ese instinto, igual que el mío, que tienen los corzos viejos, para detectar que hoy pueden mofarse de ti, mostrándote su trofeo, su magnifico trofeo de siete puntas, con una contraluchadera que lo diferenciaba de cualquier otro galán de la zona, señor de su enorme pastizal, de su umbría impenetrable y coleccionista, a juzgar por las canciones, de plomo caliente que adornaba los robles donde vivía...en paz. Manel los ve muy bien...., pero este..., mi cabeza no paraba de prever lo imposible, mi teckel temblaba como una hoja mecida por la brisa, mi teckel lleva mucho tiempo conmigo y lee en mi cerebro sin que necesite abrir los labios, la química, siempre lo digo, entre un rastreador y su perro de sangre a de ser la primera premisa antes de atar un hombre a un extremo de una cuerda y un perro a otra, el trallo ha de funcionar al igual que los hilos del gran Marconi, y mi teckel (y quién sabe si yo también) temblaba..., Manel lo ve muy bien, pero también me conoce, cuando gano lentamente, sin que la luz que menguaba acelerase como a un insensato esos diez metros que nos separaban , me susurro al oído - ¿Qué hay? - Es él – respondí escuetamente, pero no le verás, es imposible verle, además, hay más de doscientos metros, para un tiro imposible, casi no hay luz y te van a parecer trescientos, es él , es él, es él...., resonaba en cada esquina de mi cabeza, y sería la última vez que le veríamos este año, no acostumbraba a dar la cara en el celo, siendo sus corros taciturnos a la luz de la luna, luego cansado, como todos los corzos viejos se escondería donde ni el diablo, ni el mejor perro de rastro puede sacarles, es él coño, pensé de nuevo y otra vez, y ya voy viejo, me la has vuelto a jugar. No se a la velocidad que puede ir una máquina informática diseñada para grandes cálculos trigonómetrales, pero quizá si alguien pudiera medir la velocidad a la que se mueve los chispazos de un cazador acuciado por la imperiosa necesidad, no andarían muy lejanos. Y así, en una décima de segundo tome la decisión de intentar una desesperada, calcule la hora y halle la luz, añadí que mirar por un solo ojo da más nitidez instantánea que usar los dos, añadí los cincuenta cm. de diámetro de la lente del visor, le inste a ponerlo en siete, buscando el mejor índice y a montar el pelo una vez apoyado bien el rifle en dirección al pinar alto, luego le dí la única referencia posible en aquel mar de hierba que nos daría, más tarde, por la cintura, e incluso recordé la linterna que guardo siempre en la mochila y a mi mejor amiga, a la que pasaba una mano por la cabeza rogándole cinco segundos de calma, el tenerla esta vez a mi lado, algo excepcional ya que mi perra de sangre suele esperar en el coche para resolver los entuertos tras dos horas de haberlos cometido, mi hicieron anhelar un viso de esperanza. - Lo veo – Las palabras de Manel, sonaron esperanzadoras, no aparte los oculares de las pupilas, y susurre, tienes diez segundos, no más. Diez segundos....son eternos, lo vio, pero se empeño en mejorar un poco la posición (nunca ha tirado por encima de los 150 mts. con éxito), y luego, metió todos los aumentos en el visor, diez, el corzo noto algo y lentamente comenzó a cambiar su posición ladeada para ofrecernos las posaderas e internarse en el monte, primero giro la cabeza al interior del bosque y se cercioro de que nada andaba esperándole dentro, luego miro otra vez más para nosotros, despidiéndose burlonamente y levanto las patas delanteras....al mismo tiempo que un trueno volaba sobre la hierba, se oyó un impacto lejano en el follaje dentro del bosque y el corzo....desapareció. Ambos nos miramos, yo estaba desesperado, estaba convencido de que lo había fallado, y así se lo indique, los indicios no podían ser peores, le había tirado sesgado y en movimiento y además, se había oído el tiro en el follaje....pero aún así, la experiencia y la veterana Cuca que ya no se sujetaba, hacían necesaria una comprobación. Nos llevo un buen rato, agobiados por los mosquitos, cruzar la pradera, más alta de lo que pensábamos, un pastizal que debían segar en breve, la hierba nos daba por la cintura e impedía caminar bien a la teckel, en dos ocasiones hube de llevarla en brazos para cruzar una zona donde la hierba se hacía más densa, a unos veinte metros del tiro, sugería a Manel abrirse hacía un claro de bosque, en el linde, por si vete tú a saber, además el llevaba el rifle y la salida de la pieza sería por ese lado ( y sobre todo, porque no me gusta pistear con el cazador a mi espalda). El lindero era toda una autopista corcera, con rastros que iban y venían, la perra, se volvió loca con tantos calientes, como es menester y mandan los cánones, la saque en brazos de un rastro y la puse en el lugar donde a mi me parecía debía estar el “anschuss” o lugar del impacto, en ese instante, oí un ruido de hojarasca y un arreón y vi un culo saltando en el claro donde estaba el cazador, o mejor dicho donde debiera estar, porque todavía no había llegado, tentado estuve de desistir, ya que ahora si se veía poco y volver al coche que estaba bien lejos, (e incluso pensaba en la cena, que todavía estaba más alejada), pero la perra había picado rastro y forzaba al otro extremo del trallo, la forcé a detenerse ya que había tomado el lindero interior, un seto pegado al pastizal con maleza muy densa que me obligaba a caminar en cuclillas (y a pincharme), para ayudado de la linterna detectar algún rastro rojo, pero no ví ni uno, así que pese sería el lugar de salida, sin embargo, Cuca tiraba con más fuerza y además, no latía (Otro día contare la manía que tiene la perra de no dar ni un latido sobre piezas pegadas y vocear como una descosida cuando al animal no le han cortado un pelo), así que intrigado, seguí durante treinta o cuarenta metros como pude, entre aquel marjal que daba la claro, donde ahora sí, mi compañero voceaba. De pronto, note que a los diez metros de cuerda nada tiraba de mi, la perra no forzaba la marcha...., los mosquitos habían dejado de existir, la noche olía a verano y a hierba segada curándose en los pastizales, estaba cazando en mis fragas de siempre, no en una lejana cordillera Castellana, mi mejor amigo me aguardaba a treinta metros, el dolor de los espinos y el cosquilleo de las ortigas era como el de hace treinta años, cuando en esas noches, furtivamente, robábamos las mejores cerezas del mes de junio a Isabel de la casa de Baixo y corríamos a escondernos entre la hierba con un trozo de rama salpicadas de sabrosas bolas rojas, gordas como ciruelas para relamernos en silencio riendo y gozando como ahora estábamos mi hermano del alma y yo... Ah, coñe, el corzo......pues como las cerezas, realmente sabian a gloria una vez estabas bien lejós del árbol y con las ramas entre las manos. Un saludo. Chaín