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Usuario anónimo
28/03/2006 15:46:21
(1 vistas, 5 respuestas)
Una Exagerada Territorialidad
Hola de nuevo; bueno pues ahi va el segundo de los relatos que dicho de paso deberia ser el primero en orden cronológico ya que asi fue en la realidad, de nuevo espero vuestra critica con él.Gracias de nuevo.                               Una exagerada territorialidad        Para la temporada del año 2005 había decidido buscar otras zonas de caza alternativas a Fonsagrada (Lugo), en la que había estado recechando corzos durante las tres últimas y que por la manera de cazar en aquella zona y por la calidad de los trofeos allí existentes no acababa de convencerme. Debido a la gran densidad de corzos, estos se buscaban carrileando por las pistas y carreteras del acotado observando valles y laderas donde se localizaban los animales para luego decidir la entrada más aconsejable y buscar una posición óptima de tiro, lo que a mí me hacia sentir coartado en la libertad que todo rececho debe llevar inherente en si mismo,  considerando que se debe prescindir de la comodidad del coche para luego convertir ese esfuerzo en néctar divino al beber del éxito de ese sufrimiento, y si bien la densidad de animales era elevada la calidad de sus trofeos dejaba mucho que desear, no implicando esto que los animales abatidos en ganchos y batidas durante la temporada fuesen de la misma calidad, ya que posiblemente la fuerza de la rehala en lo espeso del monte haría saltar a los puestos corzos viejos y resabiados que en la época de recechos ni se les veía el pelo y mucho menos cazando desde el coche. Por eso, un día de montería con el club de Monteros de Caza Galega hablando con un compañero del club este me hablo de la posibilidad de que esa temporada en su coto de Viana do Bolo (Ourense) se vendieran precintos y de que me avisaría si así era. Una llamada suya a principios de Abril me lo confirmo y después de unas breves explicaciones le pedí que me reservase tres, dos para mí y uno para un amigo al que quería invitar. Así llegó el comienzo de la temporada. La mañana no había dado mucho de sí, un macho de escaso porte acompañado de dos hembras en una linde de monte bajo con prados fue el bagaje de nuestro lento y anodino deambular por la zona del acotado que habíamos elegido y que el día anterior, comienzo de la temporada había estado tan animado, llegando a avistar una pareja que nos cogió el aire y otro corzo solitario que debido a la distancia y falta de apoyo consiguió arrancarme una bala de la mochila, pero que se fue a criar para venideras temporadas. Por la tarde mi amigo Miguel Rábano que hacía las veces de guía para mostrarme los terrenos del TECOR quiso enseñarme un extenso pinar con monte bajo en su zona alta y que según él y por su experiencia cazando en esa mancha al cochino era muy querencioso para los corzos, consiguiendo ver en una de esas batidas un excelente ejemplar. El frío que por la mañana casi nos helaba amenazaba por acompañarse de agua, pero eso no fue suficiente para mutilar nuestras ansias por ver e intentar abatir el excelente ejemplar al que Miguel se refería casi como hablando del record del mundo, evidentemente exagerando en su elocuencia. El pinar estaba cruzado por varios cortafuegos que a la vez de cumplir con su función principal servían como base para torretas de líneas eléctricas de alta tensión y de otros que lo rodeaban y separaban del monte bajo. Nuestra idea era adentrarnos a través del pinar hasta el borde superior del mismo desde donde podríamos controlar toda la caída del monte bajo y alguno de los cortafuegos de su límite en los que había hierba que crecía en sus laterales y podría resultar ser un buen lugar para esperar al duende. Al estar tomando el último cortafuegos que nos llevaría a la zona alta del pinar y con el monte bajo ya a nuestra derecha Miguel me hace una señal y desde muy lejos, o eso pensamos en aquel momento, cuestión que no era del todo cierta, conseguimos ver un Corzo de espalda que estaba pastando en el borde mismo del cortafuegos y a punto de meterse al monte. Al levantar la cabeza nos dimos cuenta de que el animal tenía un trofeo con una altura enorme pero las premuras para  tirarlo antes de que se metiese al monte hicieron que pegado al lateral del cortafuegos donde él se encontraba intentará acercarme para tirar con ciertas garantías y no me parase mucho en observar con detenimiento su cuerna. Así, trípode en mano y agachado, conseguí acercarme a unos 100 metros pero cuando me puse de pie para apoyarme y tirar ya no lo vi; luego Miguel me dijo que él lo había visto aún durante un buen rato ya que él se había quedado atrás y estaba más alto que yo. Detrás de unas retamas y tumbados en el suelo decidimos esperarlo para ver si volvía salir al cortafuegos ya que estábamos seguros de que no nos había visto y el aire lo teníamos perfecto, cuestión inicial que me hizo confiar en que podía aproximarme y así fue pero demasiado tarde. Al poco rato de estar inmersos en la espera los temores a la lluvia se cumplieron con creces y un granizo espectacular dejo el marrón oscuro de mi polar de color blanco. Ante semejantes perspectivas, con más posibilidades de que saliese un pinguino que el corzo, decidimos retirarnos y volver por él al fin de semana siguiente, no sin antes echar mano del telémetro para que nos dejase en evidencia por nuestro error de cálculo en la distancia que presuponíamos al corzo cuando lo vimos, y así los trescientos y pico metros largos que calculábamos la frialdad del Busnhell los rebajó a 195; gran error del que prometí aprender. El viernes siguiente a media tarde me fui de nuevo a Viana y después de tomarme un café con Miguel allá nos fuimos de nuevo en busca de nuestro “corzazo”. Esta vez decidimos entrar por la zona alta del pinar bordeándolo hasta llegar a la linde con el monte bajo desde donde controlaríamos el lateral del pinar donde lo habíamos visto la semana anterior y toda la caída del monte. Observamos la dirección del viento con los polvos de talco que siempre me acompañan en los recechos y vimos que este nos era favorable por lo que empezamos la caminata. Nada más llegar al punto elegido para la espera y mientras me sacaba la mochila de la espalda veo como un corzo se aleja a la carrera de nosotros no dándome tiempo  de enfocarlo a través de los prismáticos, pero si comprobando que por la altura de su cuerna y por sus puntas blancas era el mismo de la semana pasada y al que veníamos a buscar. Desconcertado por la carrera busco explicaciones, compruebo de nuevo el viento y veo que este había cambiado totalmente desde que iniciamos el rececho y aunque era escaso, no en vano sólo el talco certificaba su dirección, fue suficiente para que el animal nos barruntase desde 178 metros, tal y como luego nos contó el telémetro. Aunque desilusionados por el desenlace de los hechos, las ansias por conseguir semejante animal aumentaban recíprocamente a cada una de las jugadas que él nos iba ganando y que demostraban su inteligencia. Comprobamos que el animal se encontraba a no más de 80 metros de dónde lo habíamos visto la semana pasada, acariciándonos la ilusión de poder encontrarlo en esa misma zona en otras ocasiones, lo que unido a la calidad que se intuía en su cuerna hizo que el maridaje que formaban la presunta calidad de su trofeo con la marcada territorialidad de su comportamiento nos robase el contenido de la conversación de la cena. Un churrasco fantástico en el vecino pueblo de A Gudiña fue fiel testigo de ello. En el restaurante “EL Churrasco de Oro” la carne a la brasa rompe los moldes típicos del churrasco gallego. Utilizan raciones que rozan los 700-800 gramos por ración y en una sola pieza, lo que permite que la carne se desangre menos y esté más jugosa, para luego una salsa casera compuesta de diversas especies y ciertas dosis de secreto profesional compongan un churrasco digno del nombre del restaurante en el que se come. Locales, foráneos ó viajeros deténganse un día a deleitarse a un precio más que razonable con semejantes condumios acompañados de un tinto mencia de la zona de Valdeorras, no se arrepentirán, se lo aseguro. A la mañana siguiente y nada más empezar a verse con las primeras luces del día empezamos la lenta caminata que nos debería llevar con un poco de fortuna a nuestro duende. Esta vez decidimos entrar como el primer día por el centro del pinar para combinar pequeñas esperas con una lenta caminata hasta llegar a la zona alta. Acordamos que Miguel se quedaría atrás controlando la caída del monte y yo iría lentamente por la linde del pinar y del monte a través del cortafuegos que los separaba y que si llegado a la cima no lo había visto, él bordearía el monte bajo para airear y ver si con un poco de suerte el corzo se movía hacia mi. Al poco de comenzar a caminar por la linde me detengo a observar con los prismáticos la zona donde lo habíamos visto las dos anteriores veces y...¡ zas ¡ allí estaba, a unos 10 metros de donde lo avistamos la primera vez  pastando en el lateral del cortafuegos y andando en mi dirección. Me agaché y poco a poco y en cuclillas fui avanzando hacia él, no sin antes cerciorarme de que el viento acariciaba mi cara y era el mejor aliado que podía tener en aquel momento. El cortafuegos formaba una especie de pequeña V en el que yo me encontraba en la parte alta izquierda y el corzo en la alta derecha y que como atraídos como polos de distinto signo nos acercábamos irremediablemente a un incierto desenlace. Los latidos de mi corazón simulaban un aneurisma con trazas de desenlace vital, la respiración parecía pedirme permiso para ser ella misma, mi posición en cuclillas asemejaba al soldado que en la trinchera quiere ver sin ser visto....y cada poco quería ver pero no siempre veía, lo desigual del terreno me lo impedía. Un mirlo sale alborotado del borde del pinar. La sensación de que me haya descubierto me invade pero la razón se impone y me susurra al oído para que el duende no la escuche que no he hecho nada mal, que me tranquilice. Cada minuto se convierte en una apología de nerviosismo pero me encanta, lo disfruto, lo vivo....ahí está lo que hemos venido a buscar, a unos escasos 40 metros de la gloria cinegética; deduzco que es el momento del lance final, con mi mano izquierda en la vara de apoyo y el Blaser en la derecha empiezo a levantarme poco a poco, a través del visor veo al corzo pastando tras unas altas hierbas, lo pongo en la cruz pero experiencias pasadas me recuerdan que el 7 mm a esa distancia puede desviarse con cualquier ramita, el corazón va estallarme....el animal levanta la cabeza y tengo la impresión de que me ha visto, no puedo esperar más. El sonido del disparo retumba en el valle, casi asesinando la gloria que parece disfrutarse en un amanecer primaveral en plena campiña gallega. El corzo sale corriendo hacia el monte bajo, a trompicones, claramente pegado, salgo corriendo en su encuentro por si puedo volver tirarlo en el monte. No veo nada, la angustia me invade, las dudas me asaltan, mi ilusión se retuerce en un monólogo de difícil explicación y cuando ya el orgullo me estaba pidiendo explicaciones del presunto fallo, las cuernas del animal lo delatan tras unos helechos, está tumbado, en los estertores de la muerte; soy consciente que lo mejor que puedo hacer es esperar aún a sabiendas de una larga agonía pero mi presencia puede hacer sacar al animal fuerzas de donde ya no las hay para adentrarse en lo más espeso del monte y complicarnos su cobro. A los dos minutos y al tiempo que Miguel acude a la llamada del disparo el duende nos entrega su trofeo. Bien formado, largo de cuerna, delgado, sin apenas perlado y mínimas rosetas, pero fantástico en el lance. Los latidos que este corzo dibujo en mi carrera cinegética no los olvidaré nunca. Corzo territorial, demasiado territorial, ello le costo su trofeo, al tiempo que me enseño a cuidar siempre, absolutamente siempre la dirección del viento, a no dar nunca por reales las supuestas distancias que nos imaginamos, a pararme más en comprobar con exactitud la calidad del trofeo, a dejar tranquilo al animal después del impacto y sobre todo a ser constante y perseverante en el logro de un objetivo.
Usuario anónimo
28/03/2006 22:31:18
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Una Exagerada Territorialidad
Hermoso lance que he vivido de tu pluma y que sólo un cazador de alma alcanza a compartir. Saludos. Gerardo Pajares
Usuario anónimo
31/03/2006 8:53:54
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Una Exagerada Territorialidad
Gracias por tu relato y por tus consejos. En estos días de nervios previos a la apertura, yo me visto de monte con tu relato y parece que esté donde has estado, y que cacé donde has cazado, y que comí de ese CHURRASCO DE ORO, que hasta aquí me llega el olor.... Javier
Usuario anónimo
02/04/2006 13:27:22
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Una Exagerada Territorialidad
Uff !! los ojos se me encharcan y no mucho menos la boca del interés con que he leido este relato ... que tenso momento he vivido ... Jesús FC
Usuario anónimo
05/04/2006 12:47:20
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Una Exagerada Territorialidad
Ya que varios de vosotros habeis cazado por la zona referida en el relato, ¿sabeis algo del coto local de A Gudiña? Es que unos amigos nos hemos quedado con unos precintos allí, y aparte de hacérseme la boca agua con el Churrasco de Oro, me gustaría saber algo mas de la zona. Muchas gracias.
Usuario anónimo
05/04/2006 16:46:54
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Una Exagerada Territorialidad
Si entras en Fotografias del Foro encontrarás el Título "Apertura de Cuerna" en el que yo envíe tres fotografias, ahi podrás ver el nivel de los corzos de la zona. Densidad buena, el cazadero son practicamente pinares y encañadas en las que controlas gran parte del terreno; si quieres saber algo más....oscar-garriga_arroba_hotmail.com.Un saludo.