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Usuario anónimo
15/01/2007 21:24:22
(1 vistas, 2 respuestas)
Relato
LOS JABALÍES DE PABLO V.         No había bellotas desde hacía dos años. Unos decían que por la falta de agua y otros que por la palomica. Pero Pablo V. quería que no faltasen jabalíes en la finca y lo conseguía con un exhaustivo cuidado a base de siembras de alfalfa, avena, garbanzos, girasoles, maíz. No faltaban las piletas con agua cuidadosamente repuestas cada semana, las piedras de sal y los dosificadores de grano. En la finca de Pablo V. los jabalíes estaban presentes más que en ningún otro lugar y sin duda más cómodos, saciados y rollizos. Pero no conseguía ver de los animales más que sus rastros. Los sentidos del olfato y el oído, tan sublimemente desarrollados por los jabalíes, les ponían siempre en guardia contra los ojos de Pablo V.. Recurrió a todo el acervo de historias, comentarios y leyendas. Estudió los mejores manuales, revistas del ramo y escudriño en todos los quioscos de prensa en busca de videos y publicaciones. Finalmente, como corolario, decidió que tendría que salvar el agudo olfato acostumbrándolos a su olor y su sonido, ya que no podía camuflarlos. Y se puso manos a la obra. Cada día, se dejaba oir y oler por la zona de los comederos, se lavaba las manos en los abrevaderos y abandonaba su ropa en las zonas de paso a favor del viento. Su concienzuda labor le llevó a dejar un reproductor de C.D. conectado a una batería de doce voltios que reproducía cada noche sonidos de pasos en la tierra, crujir de pasto seco e incluso leves carraspeos. De este modo, al cabo de seis meses de sequía y hambrunas en todas partes, menos en su finca, Pablo V. consiguió ver los jabalíes mientras acudían en tropel a los cebaderos. De fondo, escuchaba la perfecta imitación del sonido de sus propios pasos. Los meses siguiente se sucedieron con la tarea tenaz de Pablo V. más intensificada: Los jabalíes se acostumbraron a la rotura de su entorno a base de bultos que imitaban toscamente siluetas humanas, o la colocación de una cómoda butaca de piel a diez metros del dispensador de grano y se familiarizaron con distintos olores de ropa usada por varias personas. Con paulatinos y minuciosos cambios de entorno, los animales acudían cada noche a su cita y saciaban su sed y su apetito sin que los nuevos olores o sonidos o imágenes les perturbaran más que para, si acaso, dar un pequeño rodeo inspector antes de acercarse definitivamente. A veces dejaban de entrar durante unos días a causa de un cambio algo más brusco, como cuando colocó lo ceniceros con colillas humeantes. Pero finalmente algo les decía que no había peligro en aquella pequeña intrusión en el ambiente. Con ambición científica, Pablo V. dio un paso más. Un buen día retiró las ropas sudadas, los ceniceros, las siluetas y la butaca y apagó el reproductor de CD. Pero también cesó en el aprovisionamiento de agua y grano y él mismo dejó de visitar cada noche las zonas querenciosas. Los rastros dejados por los jabalíes en sus visitas diarias fueron disminuyendo poco a poco hasta desaparecer. Cuando se hubo cerciorado de que los jabalíes se habían retirado de la zona, volvió a poner comida en los dosificadores y agua en los abrevaderos, lo que no hizo que los animales volvieran. Sólo lo hicieron cuando en el entorno, afloraron de nuevo los olores humanos, el ruido de pasos grabados y las siluetas borrosas. Todo funcionaba a la perfección, pero no era suficiente. Pablo V. entendió que los animales habían perdido el miedo ante aquel tornasol de sensaciones acústicas y olfativas circunstanciadamente dispuesto porque lo relacionaban con la existencia de agua y comida en el lugar. Todos los elementos intrusos se habían convertido en estimulantes sensoriales: se precipitaba un nuevo experimento. Comenzaron las fiestas en el pueblo, ocasión que disgustaba especialmente a Pablo V. porque la finca distaba tan sólo dos kilómetros del lugar donde se celebraba la verbena popular durante diez largas noches. Por la vaguada que llevaba al pueblo el olor del tomillo, el espliego y el enebro, ascendían cada noche los compases de los pasodobles hasta bien entrada la madrugada. Tal y como suponía el contrariado observador, los jabalíes desaparecieron de la zona nuevamente. Ocurrió, sin embargo, que el período festivo era extenso, y el octavo día, los jabalíes volvieron a pesar de la música de baile. Esta circunstancia fue aprovechada por Pablo V., quien al día siguiente del fin de las interminables celebraciones patronales, decidió que aquello supondría también el fin de la comida y el agua. Al menos durante unos días. Al fín, sustituyó el disco pregrabado con sonidos humanos por un CD de pasodobles al tiempo que la comida y el agua volvían a sus contenedores y a llenar el aire de la sierra. Primero muy bajito, y poco a poco, con una ligerísima subida de volumen cada noche hasta alcanzar los cuarenta decibelios. Ardua y larga tarea. Pero cumplió su sueño. Recostado en su butaca a diez metros del cebadero, fumando su puro favorito y saboreando un excelente brandy, Pablo V. disfrutó de la visión de los jabalíes acudiendo puntuales por el carril mientras los sones de “Paquito Chocolatero” ambientaban la jornada. Todo estaba a punto. De modo que aquella mañana cogió el teléfono y marcó el número de don Julián. - Buenos días, don Julián. Sí, todo está a punto. Le he preparado un puesto cómodo y seguro. Puede venir a cazar cuando quiera. ¿ El éxito? GARANTIZADO. Tiene mi palabra.
Usuario anónimo
16/01/2007 10:29:29
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Relato
Muy entretenido, mi enhorabuena.
Usuario anónimo
17/01/2007 11:43:38
(0 vistas, 2 respuestas)
Relato
Querido Miguel: Ya sabía yo que iba a gustar. Abrazos Gerardo Pajares