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Usuario anónimo
18/01/2007 17:19:08
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Lechuza del Demonio
LA LECHUZA DEL DEMONIO (Tyto Alba). No confundir con Augusto Alba, que no se quién es y si existe en la realidad. Corrían los años 80 y Pablo nos había citado a Felipe y a mi a las cinco de la mañana a la entrada de su finca en el extra coto de Doñana, ya que no podíamos dormir en la finca, ya que sus padres estaban pasando unos días en la finca y no se fiaba de nosotros, y no porque no hubiese sitio. Además él prefería dormir en una habitación alquilada en Aznalcollar, donde le tiraba los tejos a la hija de otro terrateniente. “Dormimos” en Sevilla en casa de Felipe por decir algo, porque los nervios de aquella época no nos lo permitieron. Felipe me hizo sitio en su casa porque los padres estaban de viaje en no se que país del telón de acero, arriesgado y audaz en aquella época anterior a la caída del muro, y digo me hizo sitio, porque Felipe tenía siete hermanos más y una tía suya al cargo de ellos en aquellos días. Salimos con tiempo de sobra ya que uno de nosotros encendió una luz para ver que hora era, ya que creía que nos habíamos quedado dormidos, aunque alguno todavía no había cerrado un ojo. > Por favor no pasar de diez patos que mi padre me mata. –dijo Pablo Aquello nos parecía estúpido ya que, aunque todavía de noche y con luna llena, los patos pasaban de 1000 en 1000 por encima del cortijo y no veíamos escasez alguna, pero argumentaba que no se que organismo nuevo de la administración estaba intentando limitar las capturas en los alrededores del coto Doñana y su padre era más papa que el Papa de Roma. La finca se componía de una casa cortijo de mediano tamaño y rematada con teja y herrajes, no menos de 10 habitaciones, con cuadra y gran casa de máquinas adosada a la parte posterior, diferenciándose del edificio principal por lo alargado y sin complicación en su forma. A unos 200 metros otro edificio más moderno de forma cuadrada con patio empedrado interior y también rematada en teja. Recuerdo que en parte de su arquitectura este edificio tenía azulejo y componía unas cinco habitaciones del guarda, encargado y algunos jornaleros fijos de la finca. Era típica finca de la zona con eucaliptos marisma y algo de cereal y cítrico, pero modernizada con vehículos e instalaciones para el cultivo de arroz que vendían a una multinacional y que mantenía de forma holgada las instalaciones, viviendas y la economía no corta de la familia de Pablo. > Vamos al cobertizo que hay en la entrada de la marisma para no despertar a mis padres –comentó Pablo dirigiéndonos a kilómetro y medio de la casa. Ni café ni nada, esto no tenía buena pinta, y nosotros no probábamos bocado desde las diez de la noche que tomamos un par de tapas en un bar de los Remedios, cortitos de dinero y por haberse hecho tarde para pedir de comer en casa de Felipe. Menos mal que en el viejo morral encontré más tarde un no menos viejo pedazo de queso y unos cacahuetes de correrías anteriores. Daba la impresión de que íbamos de furtivos, y no sin razón. La verdad era que Felipe y yo habíamos presionado a Pablo para que nos llevase de patos a la finca de los padres, y siempre nos metíamos con él porque le decíamos que no le dejaban y que sus hermanos, algo mayores que él, mandaban más que él en la finca, por lo que se agarraba tremendos mosqueos. Aquella ida al campo de Felipe, era como un reto contra todo lo que habíamos dicho de él, pero como más tarde comprobamos, lo hizo pidiendo permiso a los padres y ocultándoselo a los hermanos para que no le presionasen, y sobre todo para que no apareciesen aquel día, y no le quitasen protagonismo. Pablo era un gran amigo, pero no dejaba de ser un “fantasma” muy amigo nuestro. Al llegar al cobertizo, que servía para cubrir un equipo de bombeo de la parcela contigua, nos dispusimos a ponernos las botas de agua, las mías eran unas viejas Eagle creo que heredadas de mi cuñado, que me estaban chicas y de no usarse ya no cumplían su cometido. Cuando pasaron unos quince minutos apareció el guarda en un Land Rover largo y viejo a donde pasamos todas las armas y la munición de los que íbamos a la guerra. > Vamos todos en el Land Rover ya que los coches no pasan por los carriles a partir de ahora. –dijo el guarda. El quedar en el cobertizo solo era para citarnos con el guarda, dejar los coches y que el ruido de aquel viejo Land Rover no despertase a los padres de Pablo, porque desde el cobertizo a donde cazamos, fue una odisea de media hora por carriles inundados que aquel coche vadeaba con dificultad, no sin dejar entrar agua por el suelo del vehiculo. Gracias a que nos habíamos puesto las botas aquello no fue a peor, ya que a Felipe le mojó las cajas de cartón de cartuchos que llevaba en un saquito de tela muy viejo que no se de donde lo había sacado. Mi amigo Felipe se había criado en Pruna y de pequeño su familia se había ido a vivir a Sevilla, y no se por qué su tradición supersticiosa era conocida entre nosotros, y siempre le gastábamos bromas sobre aquella manía que aquella mañana se iba a transformar en un hecho bastante real y verídico. El guarda, Pablo, Felipe y yo junto con el hijo del guarda de la finca colindante que nos esperaba en la misma alambrada lindera, nos dispusimos a andar por el lindero sorteando gavias, tuberías y juncos caídos de haber pasado una maquina desbrozando el día anterior. Todavía era de noche y el caminar era bastante tortuoso y no dejábamos de espantar todo tipo de animales, aves, reptiles y anfibios. En primer lugar dejamos en uno de los postes del lindero a Felipe, que por la cara que apreciamos en la oscuridad, le preguntamos que si no le gustaba el puesto, a lo que comentó que preferiría estar entre dos de nosotros, que aquella oscuridad no le hacía mucha gracia. El guarda le acercó el tronco de un eucalipto que habían cortado hace poco y se lo puso pegado al palo de la alambrada, al mismo tiempo que Pablo le decía que se dejase de chorradas. > Tío, déjate e bromas que me cago de miedo. –dijo Felipe a lo que Pablo no contestó mostrando indiferencia y comenzando a andar hacia el siguiente puesto. > Siéntese en el tronco para que no haga “viso” al amanecer, y los patos no le vean. –dijo el guarda arreglando como pudo en la oscuridad el puesto de juncos que había hecho el día anterior. Era perfecto porque el tronco, aunque duro, te permitía apoyarte en el poste del alambrado y te dejaba a la misma altura que el puesto, Felipe para rematarlo lo hacía con una gorra tipo mitad inglesa mitad ganadera de lana con dibujos típicos de tela inglesa y que tenía apéndices para cubrir las orejas. La única salvedad de Felipe era que con su metro noventa y dos y con lo espigado de su cuerpo, su cabeza sobresalía por encima del tronco y su cuerpo abultaba como dos o menos veces el tronco del alambrado (exagerando un poco). > Es todo un señorito supersticioso –le dije a Pablo volviéndonos para verlo al contraluz de los primeros intentos de luz y notando su inquietud al sentarse. > Este tío es la polla, seguro que ha visto la culebra que había al lado de la tubería y con lo supersticioso que es, no va a parar tranquilo. –dijo Pablo con su acento súper sevillano y refiriéndose a Felipe esbozando una sonrisa forzada torciendo solo un lado de su boca, en plan ganster. > No, no creo que haya visto la culebra  –le dije tragando dos litros de saliva, y comprobando que no conocía el pánico que yo les tenía a semejantes animalitos de Dios. Ya estábamos todos colocados en nuestros puestos incluyendo al guarda y al hijo del de la finca situada al este de la que nos encontrábamos,  mirábamos a levante de donde teóricamente vendrían los patos al amanecer. Se comenzaba a apreciar algo de luz incipiente, dificultada por algunas nubes en el horizonte, justo detrás de la alambrada estaba la marisma como un espejo rojizo, solo roto en algunos tramos por surcos de tierra que se apreciaban por lo bajo del nivel del agua. A lo lejos todavía se apreciaban luces de algunos cortijos y pueblos en la lejanía. La quietud y silencio era extremo y únicamente roto por vuelos cortos de fochas (Áulica atra) y calamones (Porphyrio porphyrio), grandes aficionados al arroz que al notar nuestra presencia volaban asustados de las orillas del dique y se adentraban e la marisma. También la tranquilidad se veía rota por croares y saltos de ranas que al amanecer se harían ensordecedoras. Los reptiles no hacen ruido y no rompen ningún silencio matutino, no los debía haber incluido para no estropear este relato. > ¡¡¡ E L  D E M O N I O , S O C O R O O O O , EL DEMONIO, EL DEMONIO HA VENIDO POR M I I I I !!!  –el grito ensordecedor provenía de donde habíamos dejado a Felipe. Felipe corría dándose patadas en el culo y su grito no se parecía ni a su voz. Al correr asustado por alguna de sus supersticiones, había perdido el rumbo y se había adentrado en la parcela arrocera, primero fue un espectáculo como las fochas y calamones salían estrepitosamente de sus agujeros y nidos delante de las zancadas de Felipe, y una lechuza  de gran tamaño que salía en sentido contrario. No se si estáis familiarizados con los tractores arroceros poseedores de grandes y finas ruedas, pues eso parecía Felipe con sus largas piernas entrando y saliendo del agua, y nunca comprenderé, como fue capaz de volver a la orilla del dique donde nos encontrábamos después de recorrer unos cincuenta metros de arrozal. > ¡¡¡Lo dije, lo dije, que no me dejaseis solo en la oscuridad. El demonio ha venido por mí!!! –me dijo Felipe entre jadeo y jadeo sentándose en el suelo pegado a mi tronco de eucalipto, y dejando caer el agua que traía en los pantalones. > Pero tío, ¿Estás loco o que te pasa? Vas a hacer que no entre ni un puto pato con tus supersticiones. ¿Qué coño te pasa ahora? –le pregunté enfadado. > El demonio me ha agarrado por los pelos y quería llevarme. –dijo seriamente y con lágrimas en los ojos. A los dos minutos nos encontrábamos todos amontonados en mi puesto y asustados por los gritos angustiosos de Felipe y al momento que nos sobrevolaban miles de garrapateros, garzas y gaviotas, me imagino asustadas por aquél grito de ultratumba que nunca habrían oído. > Como ya te dije antes, este tío es la polla. Si no fuese porque no había oído ningún tiro, parecía que lo estaban matando –dijo Pablo después de oír la explicación de Felipe sobre lo ocurrido. Al guarda se le saltaban las lágrimas oyendo a Felipe contar su encuentro con el demonio, y al hijo del guarda de la finca de al lado ya no pudo contenerse y se reía alejándose por respeto al amigo del hijo del dueño de la finca. > En esta fincas no es la primera vez que ocurre –dijo el guarda al mismo tiempo que Felipe abría los ojos de manera inusitada y se ponía de pié sin llegar a entender que iba a contar el guarda sobre las experiencias del demonio en aquella finca. > Ha sido una lechuza –dijo el guarda comenzando a descojonarse como todos. ...El pobre pájaro ya no pararía hasta llegar al faro de Trafalgar, saludar a los amigos de Perez Reverte y proseguir en su migración invernal, y si vivía en estas tierras, quedó desterrado aquella misma mañana y abandonaría el nido de aquel viejo eucalipto en la puerta del patio del cortijo. La blanca y vieja lechuza ya iba a dormir aquella mañana a su gran eucalipto que había en la puerta de la finca, cuando decidió hacer la última incursión a los roedores y grandes insectos de aquellas lindes, decidiendo apostarse en aquél gran poste de alambrado que sobresalía de todos los demás y al lado de un arbusto espeso formado de juncos que nunca había visto y que le serviría de gran atalaya de caza. Aquel gran poste le daría estabilidad y fijación para lanzarse a la caza y el matorral le cubriría de la vista de las presas. Descendió de los cuarenta metros a los que volaba hasta medio metro sobre la marisma como le gustaba hacer, tocando a veces el agua con la punta de sus alas para en último momento ascender hasta el metro cincuenta y dos que tenía el poste, asiéndose en él con gran exactitud en el aterrizaje o poste-izaje. Así lo hacía para que las presas en el otro lado del dique no le viesen llegar. Aquel día algo falló, y al posar sus garras sobre la madera del poste, sintió como si se desboronase, y quedándose con parte de él enganchado en sus garras, al tiempo que el poste crecía en tamaño como resorte y emitía sonidos que parecían humanos, pero que nunca había oído salir del patio de la casa. La lechuza nunca sabría que ocurrió aquella mañana, porque el susto y la impresión le hicieron volar como nunca había volado, golpeándose ala con ala, ya que en los primeros instantes algo le persiguió en el vuelo. Aún hoy, hay viejas garzas reales (Ardea cinerea) de la Pajarera de Doñana que todavía comentan la velocidad a la que hace años vieron pasar a una lechuza con una prenda humana enganchada en sus garras. >Lo hemos visto desde nuestros puestos. –comentaba el guarda refiriéndose a él y al joven que le acompañaba hijo del guarda de al lado. El lugar que ocupamos aquella mañana para cazar, era en forma de herradura sobre la marisma, quedando el puesto de Felipe relativamente cerca del puesto del guarda, y sin ningún arbusto que le impidiese ver lo que le había ocurrido. >En un principio le apunté creyendo que era un pato, pero no, era una lechuza que me pasó relativamente alta y que en la penumbra descendió hacia la marisma sobrevolándola y dirigiéndose hacia el puesto de Don Felipe, pero nunca creímos que no lo vería, siendo ave nocturna, y que menos se posase sobre su cabeza –contó el guarda volviendo a llorar de risa destornillado por la situación. Lo que nunca llegaron a ver y que ya hubiera rematado al guarda, era la imagen de la lechuza volando con la gorra inglesa de Felipe en las garras, con las patas colgando por el peso de ésta y por el miedo que le imprimía, por mucho que buscamos la gorra británica nunca apareció, y posiblemente hoy día se encuentre en algún sitio entre Doñana y Trafalgar. Lo que si encontramos, y tardamos más de dos horas fueron las botas de tela marrón que llevaba Felipe y que perdió en el arrozal, digo mal encontramos, porque fue el chaval de la finca de al lado que en calzoncillos y descalzo se introdujo en el arrozal con gran dificultad. > Felipe, ¿me quieres decir como has corrido por el arrozal sin perder pié y has sido capaz de volver al dique? –le preguntaba viendo como el chaval buscaba dentro de las pisadas ambas botas, y andando con gran dificultad por el poco profunda agua y el barro. > Yo he saltado un lindero de traviesas y alambrados de uno ochenta sin problema y apoyando únicamente el brazo en una traviesa, corriendo delante de una vaca de unos dos años que al final no era ni brava  –comentaba Pablo Felipe no hablaba, y no habló hasta que se tomó una cerveza a las dos de la tarde, pasando a sonreír con la tercera y a descojonarse después de la quinta Cruzcampo de tercio. Ni que decir tiene que los patos ni los vimos, y que acabamos durmiendo en la finca al descubrir Pablo y confirmarlo con el guarda que sus padres habían volado el día anterior para Sevilla y que sus hermanos estaban en Sotogrande en una fiesta. Intentamos los patos al lubrican, pero digo bien, lo intentamos porque llegamos tarde y mal y no hubo manera de entrarles. Ni comentar tengo que Felipe se quedó en la casa no por miedo, sino por la tajada que tenía después de las cervezas y Gin Tonics que ingirió aquél día para quitarse el canguelo que tenía. Desde aquella época a Felipe los más allegados le llamábamos el “Lechu” y nadie comprendería de que le viene el mote, porque en verdad nunca lo llegamos a contar por respeto a sus creencias religiosas, y si su madre se llega a enterar lo envían diez fines de semanas seguido a confesar con su tutor de “La obra” o de retiro en época de cacerías. > ¡Si te ha pasado eso es que algo te pesa en la conciencia! –nos contaba Felipe le diría su madre si se enterase de su encuentro con el demonio. Por lo que decidimos no contar lo sucedido, y hace tiempo que no los veo, pero me imagino que ya se lo habrá contado a sus hijos, sobre todo a Felipe el niño, que es vivo retrato de su padre, pero que por supuesto tiene una mente mucho más abierta y sana que la de su padre en aquella época. Felipe niño debe tener ahora unos nueve o diez años y su madre Rocío, gracias a Dios ha metido savia nueva en esa familia. Es una gran verdad, que muchos de los que vivimos aquella época gloriosa, y no me refiero a otra que a los años Setenta y Ochenta, ya fue la pera el culminarla con una gran mujer en los años noventa, pero es curioso, la mayoría de nosotros esperamos a bien entrado los noventa para encontrar a esa pareja.  Para mi, fue como un doblete de guarros con buena boca, con perdón, pero ella sabe a que me refiero. ¿Verdad?