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Gerardo Pajares
Autor: Gerardo Pajares
13/10/2007 10:42:48
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Teckelerías
Este relato fue publicado hace algunos años en la revista Caza y Pesca. _______________________________________________________________________________ Hace ya casi dos décadas que en estas mismas páginas escribía alguien a quien  no soy capaz de recordar, unos cuantos artículos con este mismo título: “Teckelerías”. Casi no recuerdo su contenido, y a fe mía que me gustaría releerlo, sin embargo sí que tengo bien presente que fue a través de aquellas líneas cuando quedé prendado de esta raza, pequeña y geniuda. Era yo apenas un chaval cuando aquello, incapaz de conseguir el dinero suficiente para hacerme con algún ejemplar. Me conformaba con oir hablar de las hazañas de estos pequeños gigantes a personas como Juan Bejar, en los tiempos en los que él aún no era taxidermista ni yo veterinario, y departíamos los lunes sobre sus lances a la mayor y los míos a la menor. Pero el tiempo fue pasando, y como es lógico mi anhelo se mantuvo, a la vez que mis posibilidades de conseguir un ansiado teckel mejoraron. Hoy además de tenerlos, cuento con la experiencia de haber criado varios, echado muchas horas de campo con ellos y saber de lo que son y no capaces estos perrillos. Sigo siendo un enamorado de esta raza, en especial de los de pelo duro, y creo que son grandes compañeros de caza, agradables habitantes de nuestras casas y entrañables e incondicionales amigos. A mi personalmente me han deparado inolvidables jornadas en el campo meced a su inteligencia, astucia e instinto de caza, que les hace superar con holgura la limitación de su tamaño. Así por ejemplo mi perra Pepa, que era muy pequeñita, a penas 4 kilos y medio, era una gran cazadora. Le gustaba el corzo con locura y cobró un buen número de ellos. Sin embrago nunca la dejaba en casa si decidía salir a cazar faisanes. Se que siendo, como he sido desde siempre, propietario de pointers, algunos de los cuales destacaron sobre manera por la potencia de sus vientos, parece un herejía hablar de cazar faisanes con un teckel. El caso es que Pepa era un fenómeno. Los faisanes, en estos pagos norteños, no gustan de volar para zafarse de sus perseguidores e intentan desorientarlos realizando complicados rastros, especialmente donde la vegetación es más espesa. Un pointer nos señalará con elegancia y majestuosidad por donde huyó el ave, se obligará a interminables guías y en muchos casos terminaremos con un palmo de narices. Aquí es donde Pepa gozaba lo suyo. Ella me seguía siempre al pie, con ese trotecillo alegre y poco garboso que tienen estos pequeños perros, hasta que veía a los pointers  empezar a animarse con los tufos del faisán. Entonces era su momento. Se arrojaba con valentía en los zarzales y tojales, sin importar lo incómodo de sus pinchos para desalojar al punto al insidioso pájaro. Igualmente fueron numerosas las veces que los cogía vivos o se quedaba con un buen puñado de plumas en la boca. Lo que nunca conseguí es que luego los portase. Siempre consideró que las piezas de caza eran de su absoluta propiedad y le disgustaba enormemente eso de compartir. Llevar colgado un faisán era sencillamente imposible, ya que la perra se colgaba literalmente de uno hasta que conseguía su pieza. Y es que esta es una de las facultades que distinguen a esta raza de otras. No abandonan la pieza abatida. Decía Roger McKinley, famoso autor y gestor de caza británico, que para el corbro de corzos y ciervos valía cualquier raza, pero que la limitación de muchas, y en especial de las de caza menor, es que al encontrar la pieza herida pierden el interés por ese rastro y la abandonan en busca de mejor lance. Pero el teckel no.  Recuerdo el primer corzo que tuvo ocasión de ver la buena y siempre añorada Pepa. Apenas tendría 3 meses, abultaba lo que un bote de refresco y la llevaba en la mochila. Se trataba de un viejo macho cazado en batida el último día de octubre en el montañoso concejo de Villayón. Al verlo cambió su comportamiento, se olvidó del amo y no quería más que estar junto a aquel bicho, tan grande a su lado. Lo cierto es que volvió desde el cazadero a Lendelforno desde donde habíamos salido –aquí no valen todoterrenos ni nada parecido- andando al paso de la cuadrilla de caza sus buenos 3 kilómetros. Mientras discutíamos el lance y sus cosas, la cachorra se tumbó junto al corzo sin moverse durante un buen rato. Al cabo llegó el perro de la casa donde habíamos parado, que era a la sazón un mastín de la Encartaciones, olió el corzo y de pronto se encontró 400 gramos de perro colgando de sus narices. Pepa, en defensa de lo que consideraba suyo, con desprecio de su vida, le arreó un mordisco de muchas campanillas al alano. Si no estoy al quite me quedo sin perra para siempre. Me acordé de las palabras que un día pronunciase el profesor López Ibor al respecto de este comportamiento del teckel “es un perro con un complejo: no sabe que es pequeño”. Muchos piensan en el teckel como raza especialista en el cobro de piezas heridas. Lo cierto es que cumplen este fin con sobresaliente, en especial por esta facultad que relato, así como su avidez por el rastro cualquiera que sea su antigüedad. Para este fin creo que es necesario que el perro sea de más talla. Mejor de 9 kilos o más, aún a riesgo de superar los límites del estandar de la raza. Y ello por dos motivos. El primero es que los perros de menor talla también tiene menos fondo. El rastro de sangre se debe hacer de la traílla con al menos 8 ó 10 metros de correa y eso da mucho tiro. Si el perro blandea no será posible deshacer un rastro especialmente largo o nos obligaremos a soltarlo muy pronto, sin saber si la pieza se halla viva o no, ni a que distancia. Si el terreno es además del tipo que frecuento, esto es, tojales, matorrales espesos de brezo y zarzas adornados con mucho helecho, el contar con un teckel de cierto porte es esencial. De otra, que en el caso del corzo no es infrecuente dejarlo herido, “pinchado” dicen hoy algunos, con independencia del tamaño del calibre que se use. Así recuerdo corzos con heridas crueles causadas por .300RM que dieron su guerra y que se cobraron vivos por mi teckel Runa, una perra de casi 10 kilos que es un consumada especialista en esta suerte, a pesar de su juventud. Otros recibieron heridas de escasa consideración, y se perdieron en la inmensidad de estos montes húmedos del norte, capaces de ocultarnos el más conspicuo de los seres. Así me vienen a la mente dos casos. Uno un corzo que recibió un desafortunado disparo en plenos testículos. Este bicho que huyó desc...dejó un escaso rastro de sangre, como corresponde a tal herida. Me llamaron los guardas para ver que se podía hacer. Lo cierto es que se cobró sin gran dificultad ya que la perra fue capaz de hacer presa en su cuello cuando lo encontró encamado a unos 500 metros del disparo. La herida, aunque afectó seriamente a la virilidad del infortunado corzo, no era ni mucho menos fatal. De no ser por Runa no se habría cobrado. El último, no hace aún una semana (el último fin de semana de junio), fue un corzo disparado a una gran distancia y con poca luz que huyó cojeando. Me llamaron pasadas las 12 horas, para intentar cobrarlo. El rastro fue sin duda el más largo y espectacular de los que hasta la fecha tuve que afrontar, casi 5 horas enganchado a la traílla por un monte infernal y un calor impropio de estos lares, para finalmente cobrar un corzo con una herida de poca importancia en un jamón. La perra cogió el corzo al menos en dos ocasiones antes de hacer presa en su cuello, si hubiese pesado menos seguro que habría necesitado más tiempo para conseguirlo. También tienen sus defectos, desde luego. Entre ellos destacaría la zuna que tienen a los gatos, considerándolos especie predilecta de caza, así como el interés que demuestran por las gallinas de mi vecino. Cada vez que hace una incursión en este terreno tengo que hacer frente a la correspondiente indemnización. En fin eso, que después de todo soy un feliz propietario de teckel y disfruto de sus teckelerías.