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Fco. Javier Llorente
27/05/2009 14:50:48
(1 vistas, 5 respuestas)
Un antiguo corzo
Un antiguo corzo La casa familiar era un caserón alto e insolente. Al pié de la carretera, con una cerca de piedra rodeando la tierra. Con paredes blancas y ribetes rojos en las ventanas y las puertas. Un mirador grande al sur y otro pequeño al poniente. Era la casa de mis abuelos. El pueblo era la cabeza del partido, el centro del valle. Las laderas dejaban  sus rocas a los pies de los bosques de robles y hayas. Allí entre praderas y arroyos, mi abuelo había crecido y vivido. Fue durante cuarenta años, médico de aquel valle, cómo antes también lo había sido su padre. Acababa de fallecer y mi abuela quería desprenderse de la casa que tantos recuerdos de su perdida  juventud encerraba. Mientras mi padre y sus hermanos, con mi abuela, discutían sobre posibles compradores y finalidades del viejo caserón -yo que había ido a acompañarle-  subí al desván que siempre había tenido una atracción incomprensible para mí. Allí había toda clase de cajas polvorientas. Estanterías para la fruta, papeles, ropa y un sinfín de cosas que a mí me entusiasmaban. Estaba la gorra de alférez de mi tío, un baúl con utensilios que mi abuelo usaba para asistir los partos, un caballito con el que mi padre debía jugar en su niñez y muchas cajas perfectamente etiquetadas por la preciosa letra de mi abuelo. Leyendo distraídamente fijé mi atención en una de ellas que decía: Apuntes de caza. Mi imaginación se disparó. Olvidando al resto del mundo y bajo la pobre luz que la minúscula claraboya dejaba pasar, abrí cuidadoso la caja. En su interior había varios cuadernos, con tapas duras de color oscuro y ligeros trazos blanquecinos. Estaban un poco apolillados y polvorientos pero aquellos cuadernos  tenían manuscritas las aventuras de caza de mi antepasado. Aunque cuando le conocí era viejo e inmóvil, compañero de bastón y sombrero, también tuvo sus días de gloria cinegética y esos días debían estar allí mismo, delante de mí, y a setenta años a la vez. Comenzaba así: Siendo un mozalbete había acompañado a mi padre en muchas de sus jornadas de caza. Primero con las codornices, en verano. Y luego, cuando mi madre me vio más recio, en los cortos días invernales de la perdiz cuando el barro y la lluvia hacían más necesario el desarrollo físico. Siempre me había gustado el campo. La naturaleza era para mí un misterio constante que quería desvelar y conocer. Todo atraía mi atención. Cuando mi padre iba a visitar los pueblos del valle, yo procuraba acompañarle siempre. Él a caballo y yo a pinrel. Solíamos ver en nuestras caminatas, sobre todo en primavera, corzos pastando en los bordes del monte. El corzo era para mi padre una especie sin interés. Yo en cambio estaba fascinado por sus gráciles movimientos y saltos cuando el “Roy” corría tras ellos. Un día mi padre recibió carta de un médico amigo suyo, muy cazador también, en la cual le decía que estaba muy interesado en ir a verle al valle. Mi padre intrigado por el súbito interés respondió invitándole cortésmente a su casa. Por aquellos días un compañero de la facultad de Valladolid no merecía menos agasajo. Más aún, si era un prestigioso psiquiatra. Aunque no me pude enterar muy bien de lo que pasó en su visita, pues yo cursaba estudios en Palencia como interno en el colegio de La Salle, sí que pude imaginarme algo. Al poco acabó el curso y regresé al valle. Tan pronto como llegué mi padre me llamó a su despacho de médico, me dijo que me sentase y muy serio me habló. Quería que todos los días, durante las vacaciones de ese verano, subiese al prado de la collada. Por la mañana al amanecer y por la tarde al anochecer. Y que me fijase en todos los movimientos de los corzos que salían a comer. Sobre todo, me dijo recalcando: “Fíjate en el macho grande que hemos visto esta Semana Santa. Quiero que te lleves un papel, un lápiz y mi reloj y que apuntes. Toma, esa es la tarea que tienes hasta nueva orden”. Nada podía hacerme más feliz. Tenía disculpa, ante mi madre, para salir al campo todos los días. Disculpa para llegar tarde y casi para no hacer la tediosa tarea veraniega. Aquello era una bendición. Así lo hice, despertándome cada día antes del alba subí al prado de la collada. Vi todos los amaneceres gozoso. Observaba cómo el sol rotundo de julio asomaba bronco entre la tierra y el manto de nubes. La cegadora luminosidad que duraba apenas unos minutos me daba energía mientras iba enamorándome de esa sensación de frío placer.  El corzo salía irregularmente, majestuoso y fantasmal, apenas unos momentos. Miraba altivo, comía frugalmente y volvía a  las sombras. Los hayedos eran su reino. Regresaba feliz a casa y le contaba a mi padre todo lo que había visto. Un día mi padre me dijo que ya no hacía falta que subiera más. Debía volver a mis tareas de estudio y lectura. Su compañero de Facultad vendría pronto y ya no necesitaba que siguiese con los aguardos. Aquello desencadenó un sentimiento de pena y frustración y a la vez de elucidación. En mi bisoño pensamiento, todo tomó forma. Aquella labor de espionaje e información que había llevado a cabo serviría para fruto de un tercero, desconocido mío, que cuando vino a casa, ni siquiera se fijó en mí, con su levita impecable y su perilla perfecta. Aquello era una injusticia. Yo nunca había cogido la escopeta de mi padre y él nunca me la había dejado. Siempre me decía que hasta que no cumpliese los dieciséis años no podría usarla y que debía tenerla el máximo respeto pues era un instrumento con el que se quitaba la vida. Aún me faltaba un año para cumplir pero mi plan no podía esperar. En unos días el famoso doctor llegaría otra vez, para llevarse como trofeo al precioso animal que tantos días bajo la exclusiva luz del amanecer había visto salir en el mismo lugar. Era un corzo de piel oscura, como su cuerna. La cara le clareaba por las canas. Le había podido distinguir a simple vista el grosor de la base de su cuerna que a mí se me parecía un mismo tronco, por lo grueso. Y el que conocía al animal, el que había tiritado acechándole, el que había sido acribillado por los mosquitos y tábanos cuando el sol picaba no era él. El psiquiatra no debía cazar aquel corzo o la injusticia triunfaría en mi mundo infantil. Ahora tenía la oportunidad de ser un héroe de La Odisea. En la idílica ensoñación de justicia se estaban fraguando mis anhelos de cazador ancestral. Debí ser un ladrón cauteloso para que mi padre no supiera cómo pude deslizarme en su despacho y coger la escopeta y un solo cartucho. Aprenderme dónde escondía la llave me costó varios días de espera en la escalera para que terminase su consulta y saliera del despacho. Así la noche siguiente fue para mí prácticamente un duermevela. La escopeta durmió conmigo por temor a que alguno de mis hermanos la encontrase. No paraba de pensar cómo se despertaría el día, con qué viento, si saldría el pequeño guerrero emboscado o si habría una de esas brumas que lo mojan todo o si al vaquero le daría por llevar allí al rebaño. Cuando escuché que el reloj daba las cinco salí, moviéndome lo más cautelosamente posible, por la ventana de la fresquera, que daba al norte. Allí, envuelto en un viejo saco de patatas había dejado preparado un morral con lo que creía necesario. Un jersey de lana, un capote, un cuchillo, una cuerda y algo de pan. Subí la vereda que lleva hasta la collada. La noche estaba estrellada y soplaba una suave brisa. Los campos estaban granando y un olor húmedo y sensual inundaba el amanecer. Me pude colocar en el lugar que tenía previsto, muy cerca de dónde había visto al animal salir muchos de los días en que subí al prado. Parapetado tras una hilaga y montón de piedras tomé la posición más cómoda que pude. Clareaba el día perezoso y comenzaban a naranjear las rocas cortadas sobre el bosque. Sólo me hacía la pregunta: “¿Saldrá hoy?” El tiempo que el sol tardo en recorrer la estrecha franja entre el horizonte y las nubes parecía ser infinito. Todo, menos el zureo de las palomas, se detuvo. Oí un leve chasquido y como por mágica obra surgió el corzo ante mí. Lentamente eché la escopeta al hombro, encaré y una nube cegó mi visión. El corazón palpitaba agitándome enteramente. Allí inerme a mis pies estaba el corzo de mis sueños, de mis desvelos. Aquél que querían venir a matar de lejos, casi sin conocerle. De pronto una tristeza instantánea cubrió mis pensamientos. Me di cuenta de que el adversario deseado ya no volvería nunca. Fue una pérdida de inocencia inolvidablemente triste. De pronto me hice mayor para saber que la vida es una alegría desencantada. Mirando al precioso animal supe cuanto acababa de perder con su muerte. Tras unos minutos de trance el sol refulgió con brillo cegador y las praderas con sus minúsculas flores multicolores en oleadas verdosas me hicieron retornar a la realidad. Lo más tiernamente que mi inexperiencia me permitió,  avié al animal. Guardé el trofeo en el morral y bajé al pueblo. Cómo había pensado la canal se la tuve que regalar al pastor, bajo la promesa de su silencio. Con los cuernos, tras separarlos del cráneo, me fabriqué un juego de pequeños cuchillos que en adelante me acompañarían cada vez que saliese al campo. Y en el  joven corazón de cazador el recuerdo por la pérdida de un adversario al que había  vencido. Ni que decir tiene que la desolación que sintió el amigo de mi padre días después, cuando tuvo que volver a Valladolid de vacío, fue igual a mi gozo por ello. Mi padre nunca me dijo nada sobre el particular aunque pienso que siempre lo supo o tal vez eso es lo que a mí me gustaría y que el cuchillo que le regalé tiempo después era de aquél magnifico corzo. Eladio LLorente. Quintanas de Valdelaguna Enero de 1929. Había pasado todo aquel tiempo absorto en el relato de mi abuelo y al volver a la realidad me di cuenta de que estaba en la misma casa dónde él había nacido. La conversación continuaba en la planta baja. Volví a cerrar la caja cuidadosamente pero guardé el cuaderno bajo la ropa. Bajé a la cocina, dónde todos me miraron ignorantes de la aventura que acababa de revivir. Me acerqué a mi padre y le susurré al oído: “Papá de todas las cosas yo sólo quiero una, la caja del desván que pone: Apuntes de caza”.
Gerardo Pajares
Autor: Gerardo Pajares
27/05/2009 21:16:06
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Un antiguo corzo
Estupendo y conmovedor relato. Muchas gracias. Abrazos
Javier Sanz
Autor: Javier Sanz
28/05/2009 18:26:54
(0 vistas, 5 respuestas)
Un antiguo corzo
Esto se complica.... Mi más sincera enhorabuena. Es un relato que llega muy adentro. No digo más, no vaya a ser que los comentarios positivos sumen puntos.... De todas formas podrían dar cinco o seis cuchillos, total, somos pocos..... Un saludo y enhorabuena de nuevo.
Pedro Amp.
Autor: Pedro Amp.
08/06/2009 7:38:25
(0 vistas, 5 respuestas)
Un antiguo corzo
Es que es MUY bueno, me ha encantado Javier. Ojala saques tiempo para regalarnos otro relato de estos pronto. ¡Muchas gracias! Pedro Ampuero
JAVI LÓPEZ
Autor: JAVI LÓPEZ
09/06/2009 0:24:32
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Un antiguo corzo
Genial, maravilloso, original, entretenido, excelentemente redactado, y con mucho mensaje. GRACIAS DE VERDAD por regalarnos éste relato, realmente me ha conmovido. Un saludo
Fco. Javier Llorente
09/06/2009 14:17:59
(0 vistas, 5 respuestas)
Un antiguo corzo
Vuelvo a agradecer vuestras palabras y significar, que habiendo aprendido de vosotros gran parte de lo que sé, son un orgullo para mí. Sólo Gerardo sabe la ilusión que me hace poder usar un cuchillo suyo, cuando ha sido él quien me ha enseñado y aficionado a hacerlos también. Como le dije en una ocasión, él es mi maestro  y culpable de tales vicios.