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Gerardo Pajares
Autor: Gerardo Pajares
25/06/2009 10:58:21
(1 vistas, 9 respuestas)
Los cuarteles de la memoria
Este relato permenece en mi diario de caza y lo publiqué hace tiempo, creo que en Trofeo o Caza Mayor, no lo recuerdo, y hace referencia a un corzo que no pudo ser. ______________________________________________________________________________________ [b]Los cuarteles de la memoria.[/b] Con este título hilvanó mi paisano Juan Bello un puñado de relatos de sus vivencias infantiles por las tierras del Cuarto de los Valles, dando lugar a su segunda novela. Eran historias en las que cualquiera que tenga más de 35 años, viviera en una ciudad y tuviera familia en un pueblo, puede verse reflejado. Era el rescate de pequeñas e insignificantes vivencias que son, a la postre, las que nos fraguan como personas. Pues bien, a cualquier cazador son sus recuerdos, las íntimas vivencias de sus éxitos y también de los fracasos, los que forjan su condición. Hablaba Ortega, no aquel famoso pensador sino nuestro más próximo y amigo Pablo, en el número 100 de Caza Mayor, que había que hacer un hueco en la memoria para las piezas que no fueron posibles. Se ha dicho que la felicidad consiste, mucho más que en la memoria del éxito, en el olvido del fracaso. Pero creo que hacer sitio a los fiascos, el ser humilde a la postre, como nos recordaba Pablo, nos hace crecer y poner en su lugar tanto al campo como a nuestras destrezas. Y así, haciendo memoria me acuerdo, de entre muchos, de aquel corzo largo, el que salía en la encañada de La Escarihuela . Por aquellos días me había desplazado a tierras sorianas a impartir unas charlas y aprovechando mi paso por la zona fui invitado por mi amigo Santiago Segovia a cazar y compartir su casa en el malogrado coto del Enebral en el enclave de Valdevacas. De otras visitas previas sabía yo aquel terreno, pedregoso y seco, era poco propicio para andar recechando ya que los llanos estaban cubiertos de carrascas y enebros y el suelo tapizado de duras y crujientes hierbas, lo que hacía que sólo en las profundos cortados que traza el río Riaza, atalayando y con mucha paciencia, se podía meter mano a algún corzo. Era el final de mayo y el tiempo resultaba ser ya cálido. El campo se vestía de espliego y cantueso mientras en los perdidos sonaba el prometedor canto del macho de la codorniz. Mientras me hacía con el viento, cómplice y delator de nuestras andanzas, iba comprobando que los jabalíes andurreaban próximos, como ponían en evidencia las muchas hozaduras que tapizaban literalmente los claros entre las encinillas. En el cabo de la encañada era testigo de su paso la profunda senda de entrada y salida que cada noche tomaba la piara para rebuscar los gamones y ajos que hacen sus delicias. Debía buscar acomodo en algún punto desde el que el movimiento de estos jabalíes no me delatase y pusiera sobre aviso al corzo que sabía se careaba por aquella canchera. El verano anterior, en una descubierta que hice en una mañana, desde el portachuelo que allí denominan “donde se espeñó el tío León”, por enfrente de Lantipared, tuve la fugaz visión del corzo al que apodamos desde aquel día como “El Largo”. Distintos cazadores dedicaron no pocas jornadas a esperarle desde entonces sin ningún éxito. Avanzaba la tarde, cálida y serena, al ritmo lento con que el día se pone en las jornadas soleadas cuando los días aún crecen, mientras echaba un ojo a las mieses que en la lontananza llenaban el paisaje de un verde claro mecidas por la suave brisa que ascendía por la cuenca del Riaza. Los buitres iban llegando a buscar sus posaderos en las peladas y rojizas rocas del cañón mientras en el fondo una corza, redonda y bien cumplida, remoloneaba torpona entre unas matas. Había amarrado a Runa a una chaparra, apartada del borde del cortado, junto a la mochila, y me había acomodado en una peña que a modo de balconcillo se asomaba en vertical al fondo de la quebrada. Por debajo de mi todo era un mar de enebros que dejaban un claro dominado por un canchal calizo donde sabía que afloraban no pocos fósiles de ostras del Cámbrico, testigos de otras eras en las que el mar dominaba los hoy secos pagos castellanos. Observaba a la impertérrita corza con pocas esperanzas ya que por su estado de gestación, pensaba yo, haría pocas migas con El Largo u otros machos, pero como digo lo de andar cazoteando por esas pedregosas laderas a la rebusca es cosa poco sensata y a mayor abundamiento mi dolorida espalda me recordaba lo inadecuado de tal intento. En un momento la corza pareció salir de su sopor, y yo con ella, ya que dejó de remolonear entre las zarzas para fijar su atención en las sabinas del fondo. Allí, de entre la espesura, brotó como de la nada El Largo. Repechaba altivo y rechulo el corzo haciendo ademán de ir a tropezar con la hembra, quien a las claras mostraba poca ilusión por este encuentro ya que a su paso cansado remetió el culo, bajo la testa y puso proa a un apretado de matas, como queriendo quitarse de en medio. Cuan rápido pude me giré y tomé el rifle, comprobando que por error la mochila estaba fuera de mi alcance, y si hacía ademán de buscarla espabilaría a Runa que ya intentaba olfatear el horizonte buscando la causa de mi desazón. Busqué acomodo en la dura peña, intentando un apoyo para el rifle, que a la postre fue imposible ya que la vegetación, aunque rala, me obstruía la vía de disparo. Peor que mejor fui buscando el sitio, con una prisa que hoy, desde la serenidad de mi despacho, se me antoja innecesaria hasta considerar que los quizás 170 metros que nos separaban no iban a ser el problema. Al tiro el corzo arreó a correr como una exhalación para refugiarse en el halo de encinas que recorre la bisera de peñas frontera de mi postura. Recargué y le busqué, pero los metros de antes se habían convertido en abismo y renuncié a un tiro inseguro. Miré a Runa -¡He fallado, pequeña!- Runa ladró nerviosa, ella quería buscar la pieza, pero en esta ocasión no habría chance. Entre tanto la corza, quizás aterrada por el tiro y los ladridos, o aliviada por la huida del leviatán, se arrebujaba entre la maleza ignorante de que desde mi balcón la distinguía sin problemas. Sin prisas recompuse mi dolorida anatomía y mi parco equipaje, acaricié la cabeza de Runa y deshice mi camino de regreso donde me encontré la alegre piarilla de cochinos a la rebusca de tubérculos y raíces, mientras repasaba la vivencia buscando la causa del fallo que aún a día de hoy no acabo de hallar. Pronto este yerro quedó enjuagado por otros aciertos que me hicieron olvidar el malogrado lance con El Largo. No sé qué fue de él. Quizás muriese de viejo en Valugar o puede que aún se asome a las laderas del Enebral, quién sabe. Su recuerdo perdura en las páginas de mi diario de caza aunque su trofeo no ocupe sitio en mi pared. Todos tenemos en nuestro haber corzos que no fueron nuestros, lances inconclusos o fallados que consumieron días y noches de vigilia, que arrumbamos rápidamente en los cuarteles del olvido. Creo, como Pablo, en la necesidad de resucitarlos y traerlos de nuevo a los cuarteles de la memoria. ________________________________________________________________________________________ Saludos
Pedro Amp.
Autor: Pedro Amp.
25/06/2009 15:20:20
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Los cuarteles de la memoria
Gracias por le relato Gerardo. Si no fuese por estos lances, el diario de muchos de nosotros estaría medio vacio. Un abrazo, Pedro Ampuero
Javier Sanz
Autor: Javier Sanz
25/06/2009 19:12:20
(0 vistas, 9 respuestas)
Los cuarteles de la memoria
Muy bueno, si señor; menos mal que no lo presentaste a concurso, si no, tu cuchillo se habría quedado en casa. Yo tengo, para mi, en mi cabeza, tanto los fallos como los aciertos, incluso más sitio les dejo a los primeros en ella, ya que los aciertos tiene el recuerdo imborrable del retrato y del blanco de la pared de mi bodega. A veces intento repasar los errados y siempre parece que se olvida alguno; no se por qué, me da la sensación que los fallados, casi siempre han sido los más fáciles. Gracias de nuevo Gerardo.
Fco. Javier Llorente
25/06/2009 20:14:47
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Los cuarteles de la memoria
Un bonito relato.
jobi
25/06/2009 22:02:02
(0 vistas, 9 respuestas)
Los cuarteles de la memoria
Es tal la descripción que has hecho, que me parecía verlo en video. El diario de caza es el "archiperre" que no debería faltar en todo cazador. Saludos.
(Santiago Segovia Pérez)
Autor: (Santiago Segovia Pérez)
26/06/2009 11:29:08
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Los cuarteles de la memoria
Querido Gerardo: No deja de sorprenderme la extraordinaria retentiva que tienes para conservar en tu mente los toponímicos de mi querido El Enebral. Quizás sea porque es un lugar que enamora, que atrae, que cautiva y eso hace que el espacio que le adjudicamos en la memoria no se borre con tanta facilidad. Como sabes el Largo era el corzo que más veces he invitado a cazar a las diversas personas que han tenido a bien acudir a mi casa. Su localización era muy fija, sus querencias archiconocidas y su aspecto inconfundible. Por añadidura, es el corzo que más veces se ha tirado, ya que ha escapado a más de cinco encuentros con los rifles y sus balas, y salió incólume. Alguno de los que por aquí vivaquean lo ha esperado tardes y más tardes. Alguno incluso se la llevado la alegre sorpresa de abatir un buen anciano en la época del celo, esperándole a él. Extraño animal éste, que me da que ya no vivirá. Si en aquel tiempo ya tenía tres o cuatro años ahora tendría unos once o doce, cosa que no me parece muy probable. Nos queda el consuelo de que habrá muerto de viejo al abrigo de alguno de estos cortados, buscando el amor de algún rayo de sol en una posición al socaire de los vientos del lugar. Buen relato el que has hecho. Aunque en su momento lo leí, ahora creo que me has llegado más hondo, y has hecho aflorar mi pena emocionada por perder aquello.
Fernando Sanz
Autor: Fernando Sanz
27/06/2009 19:06:46
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Los cuarteles de la memoria
Bonito relato en una zona conocida de preciosos paisajes y excelentes corzos.
Miguel
27/06/2009 22:26:48
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Los cuarteles de la memoria
precioso relato, Gerardo con esos lances son con los que nos hacemos cazadores de verdad. tenemos que tenerlos muy presentes y asi ser un poco humildes y un poco mejores a la vez. Un abrazo y como siempre eres un fenomeno
Pablo Ortega Martín
Autor: Pablo Ortega Martín
28/06/2009 19:29:58
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Los cuarteles de la memoria
Corto y pego a continuacón el artículo al que se refiere Gerardo en su espléndido relato: LA PARED DE LOS FRACASOS. Caen inexorablemente las hojas del calendario, pasan los años con inmisericorde cadencia, y las alforjas de la memoria del cazador -de aquel cazador que empezó ¡hace ya tanto! acechando gorrioncillos volantones en los álamos de la cerca- se van colmando. En esas alforjas, sin embargo, terciada ya al menos la caminata de la vida, la tramposa selectividad de la memoria ha ido depositando con mimo los recuerdos de los trofeos singulares y atesorando celosamente las mieles de los días propicios -que los hubo, ¿cómo no?-, pero procuró desechar, relegando a oscura condena de olvido, muchas otras jornadas: aquéllas en las que la suerte volvió la espalda o cuya culminación no fue sino el error y la decepción. Mas la cosecha de toda una vida cazadora debe recogerse en gavillas donde se aten los éxitos junto a los fracasos, en heterogéneos haces en los que inevitablemente se han de entremezclar las granadas espigas de los días afortunados con las malas hierbas de los aciagos. En lo material, para el cazador de mayor, los éxitos cuajan en trofeos que colgar de aquella pared a la que, las posibilidades de espacio y la condescendencia conyugal de cada quien, relegan cuernas y colmillos. Los fracasos venatorios, sin embargo, quedan, ya en el aire o ya en el alma, sin materialización posible. Ellos son, sin embargo, ineludibles e imprescindibles. Bien lo dijo el filósofo: “No es esencial a la caza que sea lograda. Al contrario, si el esfuerzo del cazador resultase siempre, indefectiblemente, afortunado, no sería esfuerzo de caza, sería otra cosa”. Pero los fracasos, como las piezas y sus trofeos, también tienen categorías: hay fracasos chiquitos, decepciones aceptables sin excesivo esfuerzo, jornadas cuyo nulo resultado se alcanza a asumir con deportiva resignación. Otros fracasos, por contra, escuecen tanto y tan hondamente que se hacen inolvidables de por vida. Son pinchazos dolorosos, fallos singulares, decepciones memorables que se clavan profundamente en la conciencia y que laten, días o semanas, como una herida abierta, hasta impedir conciliar el sueño: aquel viejo macareno que, tras meses de duelo nocturno, nos cogió el aire en el último momento, cuando la luz de la luna ya nos dejaba entrever sus crines sobre las jaras; el soberbio corzo que, en mitad de un prado florido, fallamos a mojadedo, por un absurdo gatillazo de principiante, y al que nunca -a pesar de tantos madrugones- volvimos a poner la vista encima; el venado de renegrida y arbolada cuerna cuya arrolladora carrera jaral abajo quebramos por la precipitación de no dejarle cumplir… Y es evidente que todos estos sucesos -las luces como las sombras- forman parte también de la peripecia venatoria de un cazador. No sería por ello malo reservar un espacio, vecino al lugar donde cuelgan las pruebas de nuestros éxitos, para ir alineando, una tras otra, metopas vacías, tablas en las que campease simplemente, como recuerdo de una jornada baldía más, una chapa con un lugar y una fecha. Constituiría algo así como el “Muro de las Lamentaciones” personal de cada aficionado, su más íntimo y secreto Sancta santorum. Disponer de él tendría sin duda su utilidad. En primer lugar, serviría para incrementar, mediante su mera contemplación de reojo, el disfrute de los días en que la fortuna sí resultó propicia, pues también en la caza el dulce sabor del éxito y la gloria se paladea con mayor intensidad si se ha gustado el amargo acíbar de las decepciones. Además, haría de necesario contrapeso y oportuna cura de humildad a la vuelta de jornadas exitosas, embriagados con el efímero licor del triunfo. Algo así como el terapéutico “recuerda que eres mortal” que un esclavo susurraba al oído del césar invicto durante los desfiles victoriosos. Y, por último, tengo para mí que valdría, tanto o más que la pared de trofeos, para mostrar y demostrar la talla venatoria de uno, pues -en la caza como en la vida toda- sólo de los yerros se aprende de veras y son ellos los que, al cabo, hacen grande y cuajan al cazador. ¡Ay de quien no tuviera pared de fracasos, o ésta fuera bien magra! Demasiado cercón y demasiada montería “de garantía” se escondería en su ejecutoria cinegética. Madrid, a 1 de junio de 2007 Pablo Ortega.
Delpuerto
Autor: Delpuerto
30/06/2009 7:38:43
(0 vistas, 9 respuestas)
Los cuarteles de la memoria
Pablo, bonito artículo que define perfectamente esa pared enorme llena de tablillas imaginarias que enriquecen nuestros recuerdos de caza. Los tengo todos en mi memoria y lo más grande es la incertidumbre del trofeo, algunas veces los más grandes, y otras más pequeños para no llorar. Collera de vanados del puesto de la Sevillana, guarro de Sierra Hornachos, el pavo de Hornachuelos, el corzo de Puerto-Gali... Para no ser pesado, con la collera de venados de la Sevillana, al acabar el lance eché hasta la primera papilla, eso si, era algo más joven. Un saludo