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José Luis Polvorosa Gonzalez
Autor: José Luis Polvorosa Gonzalez
16/05/2012 17:58:57
(1 vistas, 1 respuestas)
Desde el viejo roble de la umbría
DESDE EL VIEJO ROBLE DE LA UMBRÍA En abril, aguas mil, dice el refrán, y francamente este año se ha cumplido, en la zona donde habitualmente cazo. Incluso en la Semana Santa cayó una buena nevada, que ganó a todas las del recién pasado invierno. Todo ello, ha contribuido a que los precintos sigan en mi mochila, aunque a decir verdad, me he divertido localizando por donde andan los corzos más guapos y viendo los rastros que dejan en la nieve otros pobladores del monte. Entramos en el segundo fin de semana de mayo, y he subido al pueblo, para intentar hacerme con un duende. Mi plan de caza, es ir a un valle bastante alejado, en el que he disfrutado de buenos lances en otras ocasiones. Tiene algunas tierras sembradas de cereal en la parte baja, mientras que las laderas están cubiertas de robles. Me levanto a las cinco de la mañana, ya que hasta dicho valle tengo una hora de camino y me gusta desayunar bien y sin prisas ¡Menos mal que estoy solo!, de no ser así, ya estaría diciendo mi mujer que si estoy loco, para levantarme a estas horas. Después de asearme, he puesto en la sartén unos torreznos y cuando estén churruscaditos, freiré un par de huevos. Mientras se hace el café, salgo al patio para ver el tiempo que hace. El termómetro que hay junto a la puerta marca 5º, el cielo está muy estrellado y la luna anda en torno al cuarto menguante. Sopla una ligera brisa de cierzo, que me evitará dar un buen rodeo, ya que entraré por la parte Oeste del valle, que está más cerca del pueblo. Poco antes de la seis, ya estoy en plan de marcha. En la mochila tengo todo preparado, así que cuelgo los prismáticos y sólo me falta la vara y el rifle. Cuando cruzo el puente del río y salgo a la pradera, agradezco haberme acordado de las polainas ya que hay mucho rocío. La verdad es que disfruto con estas caminatas en los amaneceres primaverales, respirando el aire impregnado con el aroma de las flores. No me cuesta madrugar y prefiero dejar el coche en casa, para hacer ejercicio. Oigo decir a cazadores de rececho, que van por los caminos con el 4x4 tratando de localizar a los corzos, pero mi opinión es que dicha manera, no dice gran cosa a su favor y mucho menos, al los que dicen no aprovechar la carne del animal cazado. Estoy cerca de la entrada del valle y la claridad del nuevo día ya permite ver a bastante distancia, así que cada poco tiempo me paro, para observar las tierras sembradas que tengo delante.  Los Habitch del 7x42 lo aclaran todo una barbaridad y enseguida veo cinco ciervas paciendo tranquilamente en un trigal, que ya está bastante encañado. Camino con todo el sigilo que puedo tapado por la hilera de espinos del camino. Tengo el aire de cara, así que me meto encima de las ciervas. Deben saber que ahora la cosa no va con ellas y por eso me han dejado acercar tanto. Sigo valle adelante y por la solana oigo el inconfundible berrido del corzo. Creo que se trata de dos machos que disputan el territorio y andan a carreras, así que apresuro el paso para llegar a una zona donde el valle se ensancha. En la parte de la umbría de dicha zona, hay un enorme roble con unos tocones, que constituyen un apostadero muy cómodo, desde donde se divisa mucho terreno, así que al llegar me quito la mochila y me siento a esperar. Los cucos no callan desde que he entrado en el valle y los arrendajos también están montando una buena algarabía en la solana, pero a los corzos no los he vuelto a oír. Habrá pasado poco más de un cuarto de hora, cuando de repente por mi derecha, salen del monte dos corzos de la umbría, persiguiéndose a toda carrera. El trasero es el mayor y va muy enfadado soltando una serie de ladridos cortos. Tengo el rifle sobre las rodillas y cuando lo pongo en la horquilla ya están entrando en el monte de la solana. Esto ya me ha pasado, en dos ocasiones y en ambos casos, uno de los machos ha vuelto al lugar por donde salieron persiguiéndose, así que dejo el rifle apoyado en la vara y espero que ocurra lo mismo. Durante un buen rato, les oigo siguiéndose por el monte que tengo frente a mí y creo que han traspuesto al otro valle, que está muy cerrado y no tiene tierras de labor. Ya son casi las nueve y únicamente he visto cruzar el valle a dos hembras por mi izquierda, que no se han enterado, aunque tenían el aire a su favor. De repente, como casi siempre ocurre, veo a uno de los machos volver al que seguramente será su territorio. Lo hace muy tranquilo, por una zona pelada, a unos ciento cincuenta metros de donde estoy, enseguida lo meto en el visor y espero a que llegue al centro del valle. Llevo el 6,5x57 cargado con las KS de 127 grains, así que cuando considero que está lo mas cerca por donde cruza, disparo y se queda en el sitio. Me quedo un rato disfrutando del entorno y mirando con los prismáticos el bonito trofeo que tiene el corzo abatido,  agradeciendo al Creador todo ese cúmulo de sensaciones, que pasan por la cabeza del cazador en estos momentos. Una vez repuesto y agradecido, me dirijo hacia el corzo, le pongo el precinto y lo llevo a la sombra donde una vez colgado, lo eviscero y lo dejo orear un rato, guardando el hígado, que está perfecto. Al llegar a casa, lo meteré en leche, para al medio día, cortarlo en dados y dejarlo escurrir bien, mientras se pocha una cebolla. Luego solo queda enharinarlo y freírlo  un ratito, echando al final un chorrito de jerez, para que se haga como me gusta. José Luis Polvorosa 16/05/2012
Gerardo Pajares Bernaldo de Quiros
Autor: Gerardo Pajares Bernaldo de Quiros
18/05/2012 13:39:19
(0 vistas, 1 respuestas)
Desde el viejo roble de la umbría
Hola José Luis, muchas gracias por compartir este espléndido relato. Saludos Gerardo Pajares