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rafacentenera  
17/05/2012 10:49:09
(1 vistas, 4 respuestas)
CUANDO CANTA LA OROPÉNDOLA
Es curioso como cada primavera me vuelve a enamorar el canto de la oropéndola. Esa preciosa ave que año tras año vuelve a nuestros bosques a criar y que los corceros tan bien conocemos. No ha hecho más que salir el sol y ya se llena el campo con sus "tiri oliuuuu" y sus raudos vuelos que cortan el aire como flechas doradas, capaces de alegrar el corazón incluso en estos tiempos de crisis. Viene esto a cuento con una reflexión que me planteo cada año en mi primer rececho primaveral y que no es otra que el privilegio que tenemos los cazadores de corzo al sumergirnos en el campo en un momento en que éste lo da todo. Y si además, el tiempo acompaña, no hay nada que me pueda satisfacer más.... Bueno, miento, hay algo que completa esa satisfacción, terminar la jornada con un buen rececho exitoso en cuanto a resultados cinegéticos. Este año me había tocado la posibilidad de abatir un macho en uno de los cuarteles que mejores corzos tiene en el coto, pero que más complejo es de cazar. El mismo está dividido por un río que en esta época del año baja como para llevarse por delante a quien pretenda cruzarlo. La mitad en la orilla norte está compuesta por 100 hectáreas de prados donde el ganado pasa todo el invierno y parte de la primavera, hasta el primero de mayo, y la otra mitad es un monte público de retama y roble de unas 550 hectáreas en las que entra el ganado vacuno a partir de esa misma fecha. Así que el 11 de mayo, no es precisamente el mejor momento para acometer ese cuartel. En los prados de la zona norte todavía no han tenido tiempo de instalarse los corzos tras la salida de las vacas y en la zona sur ya llevan éstas una semana dando tralla a los nuevos brotes, precisamente junto a la vega del río, lo que hace que los corzos se desplacen hacia la parte alta mucho más boscosa. Para colmo de males, me tocaba la luna casi llena y eso siempre se traduce en menos movimiento diurno de los corzos. Pero como el coto es gestionado por la sociedad de cazadores, cuando te toca o sales o te pasan turno y no anda uno como para dejar pasar oportunidades. Así que, allí estaba a primera hora del viernes, antes incluso de que el sol hubiera asomado por el horizonte, cuando la alborada ya permite discernir algo las figuras. Me encanta esa primera media hora del día. Todo está en calma y los cantos de los pájaros van poco a poco llenado el aíre: oropéndolas, ruiseñores, mirlos, herrerillos y luego, cuando ya calienta un poco más, se oye el inconfundible "cucu" del cuco. Aunque el rececho es una caza que se practica en soledad las mayoría de las veces, nada hay que ayude más en esas madrugadas que la presencia de un buen amigo. No es la ayuda que te puede prestar a la hora de acometer una aproximación o al darte una batida de un bosquete, es sobre todo la suerte de poder compartir esos momentos tan especiales. Cierto es que, a mis 46 años, prefiero la compañía de cualquiera de mis hijas, sabiendo además que al final, si se presenta la ocasión, serán ellas las que culminen el lance, porque no hay nada mejor para un padre que ver a sus  hijos crecer en sabiduría cinegética y eso solo se consigue lance a lance. Tanta falta hace una buena escuela en estos tiempos que corren. Pero a falta de pan, buenos son los amigos y Jose, mi acompañante en la ocasión, es además un excelente cazador, lo que mejoraba mis posibilidades de triunfar. Es curioso, como los años nos van dando un cierto barniz de paciencia y cada día creemos que el trofeo final tiene menos importancia. Pero la cruda realidad nos devuelve con tozudez a lo mundano y al cabo de la calle, "el tamaño" si que importa. Una reflexión que me surge fruto del fracaso que tuve el año pasado en mi rececho en este mismo coto, pero en el cuartel contiguo y en compañía de mi hija Belén. No vale decir en mi descargo que cazar en junio en plena luna llena es como pretender buscar agujas en el pajar. No fui capaz de apiolar ni siquiera un varetito en cuatro salidas en las que probé de todo y eso pesa. Sobre todo en el orgullo. Así que en esta ocasión, la presencia de mi amigo ayudaba a pasar el trance de acometer otro rececho que no podía terminar como el año pasado. Lo importante es participar, Ja! Ese es el consuelo del perdedor. Lo importante es terminar el rececho con éxito. Claro que hay mucho que aprender de cada fracaso, pero no nos engañemos, salimos al campo a triunfar y cada vez que nos ganan la mano, lo sentimos en el corazón nos guste o no. Puro vértigo, es lo que tenía al empezar este rececho. Vértigo a no ver ni rabo. Pavor a esa metedura de pata que te deja sin lance cuando ya tienes la presa casi a tiro. Y por supuesto, pánico a fallar como un novato cuando se presente la ocasión. En definitiva miedo al fracaso, nada más humano. No me canso de vender a mis hijas, que lo importante es disfrutar del lance y el campo y que no importa si al término de la cacería abatimos o no a nuestro corzo y, la verdad, es que al final uno no se cree ni sus propias mentiras piadosas. Pero volvamos al rececho, que si no entre tanta filosofía se nos pasa el regustillo a caza y las mejores horas. La ausencia de agua a principios de año había dejado el campo reseco y a pesar de este lluvioso abril, tan solo había brotado una hierba bajita, que prometía mejores momentos, pero que para mi suerte no era capaz de cubrir ni las vergüenzas de un corcino. Poco viento y constante en la cara, auguraban una buena mañana de rececho y, lo cierto, es que fue transcurriendo la misma de hembra en hembra y ladrido que viene y ladrido que va hasta llegar a la zona final de los prados. Sabía por la experiencia que esas 10 hectáreas de prados finales, con abundante arbolado y cerradas por una de sus mitades por hermosos cortados al río, siempre guardaban un buen macho y que el galán que ocupaba el "apartamento" este año, no era moco de pavo a decir de los compañeros, que ya lo habían fallado tres veces en solo un mes de recechos. Pero como es una zona que no ayuda al acecho clásico, Jose y yo estuvimos de acuerdo en que lo mejor era dar una batida silenciosa, entrando él desde el alto y aguantando yo la salida a media altura, de forma que dominaba bien una de las vías de escape si los corzos optaban por huir sin cruzar el río. Esa era la opción más razonable dada la crecida del cauce. Pero como los corzos hacen lo que les viene en gana y no lo que uno quiere, el macho optó en solitario por cruzar el cauce por una escarpadura y asomar en la orilla opuesta a más de 300 metros, siendo las hembras las que me vinieron a dar cuenta a escasos 20 metros. No tuve tiempo ni si quiera de encarar para hacer la patochada de largar una andanada a las gradas, que a buen seguro habría hecho morir de risa al corzo barranquista, pero si pude engancharme al mismo y eso es lo peor que me podía pasar al inicio de mi fin de semana de caza. A su llegada Jose me confirmo dos cosas. La que ya sabía: que era un buen macho, y la que sospechaba: que esos tiros de principio de temporada lo habían convertido en todo un desconfiado. Él a penas había tenido tiempo de verlo un segundo en el prado más alto cuando ya estaban macho y hembra en alocada carrera hacia el río. Dado que ya eran las 9:00 de la mañana y yo tenía que regresar a mi trabajo, que una cosa es robar una horita o dos y otra no aparecer en todo el día, decidimos dar por terminada la mañana con un pequeño descanso antes de regresar al coche. Antes de retornar le comentaba a mi acompañante que una buena estrategia sería quedarse quieto un rato largo donde estábamos porque el macho regresaría por donde había salido, cuando éste apareció como por arte de magia en la otra orilla, dispuesto a retomar sus dominios y volver junto a su chica. A parte de la distancia a la que estaba, unos 250 metros, no había forma de ponerle los puntos porque no se quedaba quieto y se movía entre un retamar que coronaba la parte alta de la orilla opuesta. Así que fallarlo tres veces fue lo razonable, aunque no alivie la herida que produce en el Ego el verlo partir ladrando como un poseso. Eso no hico más que encelarme más. Una tarde y una maña adicionales sin ver rastro del corzo, nos hicieron dudar de si lo había enganchado en alguno de los tiros, pero tal y como me temía, el examen a conciencia de la zona en la que lo tiramos nos devolvió a la cruda realidad; tan solo lo habíamos cabreado aun más y debía estar en lo más espeso del robledal, esperando que llegará el lunes para retornar a su casa. Me volvía a Madrid para una de tantas comidas familiares que arruina un fin de semana corcero, casi con la sana intención de asumir mi fracaso una temporada más y por ello deje precinto y permiso en casa de mi amigo para que pudiera devolverlos. Pero 90 kilómetros de carretera sin música, que ni ánimo para eso tenía uno, dan para meditar sobre esta afición que nos corroe la sangre y antes de llegar a casa ya tenía decidido que volvería, al menos, para intentarlo el domingo por la mañana. La paliza acumulada no dejaba lugar a dudas, necesitaba una siesta como fuera y por desgracias no había lugar en una comida familiar. Lo más una cabezadita corta. Por suerte, mi mujer tenía una tarde ajetreada de fiestas infantiles y compras, coronada por un concierto de Luis Miguel, así que vi el cielo abierto y pude regresar pronto a casa para descansar un rato y volver al coto esa misma tarde. La disyuntiva era culminar mi tarea y volver entre laureles o sumirme en el más absoluto estado depresivo. Jose me dejo solo en esta ocasión porque el también tenía "compromisos" familiares que atender, así que me tocaba rematar acompañado tan solo por mi perrillo. Cuando uno se empeña en un corzo determinado, caben dos cosas: que te obceques y lo intentes una y otra vez garantizándote el fracaso o bien que cambies de estrategia. Viernes tarde y sábado mañana me habían mostrado la primera alternativa y la cosa iba viento en popa al puerto indicado, volverme bolo. Por ello, decidí que el rececho habría que acometerlo desde la orilla sur, junto a toda la ganadería del pueblo concentrada en el monte público como buenos espectadores. Una espera era lo más adecuado para vigilar todo el fondo de 10 hectáreas que era el "sancta sanctórum" de MI corzo, porque a esas alturas ya tenía dueño. Con una distancia máxima de tiro de casi 300 metros y una mínima de unos 120 metros, la apuesta era todo o nada. Si se movía lo podría intentar con un tiro largo. Puesto cómodamente en mi silla de aguardo, de esas con respaldo y todo, me decía a mi mismo que, aunque era un poco una traición tirarlo a esa distancia, no estaba yo para estilismos y contaba más el resultado que las nobles artes del rececho de tú a tú. Para eso ya había perdido tres salidas y me había ganado la mano. Además, cambiar la estrategia era en cierto modo ganarle la mano a él. Pero transcurría la tarde y en los prados no asomaba ni cuca. Ni si quiera una solitaria hembra que me mantuviera inquieto. Ni un raposo, vamos, nada de nada. Lo peor de esas esperas, es que te da mucho tiempo para rumiar el fracaso y asumir que los años te van pasando factura. Recordando que con 30 años eras capaz de subir los 600 metros de desnivel del monte en el que estaba y bajarlos sin problemas la mañana y la tarde. Tiempo para rememorar esos tres tiros errados, que aunque difíciles de acometer, al menos el primero lo había hecho en buenas condiciones. Y sobre todo para pensar en el madrugón del día siguiente, que seguro terminaría como los anteriores, con mi salud y sin mi corzo. Así se me fueron pasando las horas, agrandando mi angustia, hasta que a falta de media hora de escasa luz decidí que tenía que reaccionar o allí no me comería un colín. Emprendí entonces un recechito final mirando sobre todo en el resto de prados de la orilla contraria donde había cazado las tres salidas anteriores para ver si tenía suerte de localizar algún machejo de segundo plato con el que aplacar mi ansiedad y dar por justificado el fin de semana. No albergaba muchas esperanzas porque, salvo el corzo errado, no habíamos levantado en aquella zona más que hembras. Casi sin a penas luz, pude distinguir en la parte alta de los prados una hembra comiendo en un zarzal a no menos de 700 metros y, un poco más allá, un macho que, a pesar de la distancia, dibujaba bien una bonita arboladura. No había modo de hacer una aproximación directa por causa del río y además tenían mejor entrada si volvía a mi coche y me acercaba por la carretera que circulaba a escasos 80 metros de los corzos. Los 600 metros obstáculos-monte no son una modalidad olímpica, pero si lo fueran los ganaba un menda a poco que se pusiera y el kilómetro y medio restante en coche no lo hubiera hecho mejor Carlos con su "arráncalo por Dios". La resolución del lance fue de lo más intensa. Bajada silenciosa del coche. Aproximación a la valla de piedra que separaba el prado en que se encontraban los corzos de la vía. Primero una asomada, nada. Luego una segunda, sin resultado. Y por fin, a la tercera, veo uno de los dos corzos. Es la hembra que se me queda mirando fijamente, pero del macho ni rastro. No asomo más que la cabeza por encima de la tapia, pero ha bastado que baje un segundo los prismáticos para que me detecte. Se que si me quedo petrificado se olvidará de esa pequeña mancha blanca. Pasan más de uno o dos tensos minutos en que ambos nos miramos a menos de 30 metros. Yo, a través de los prismáticos, siento la concentración de la corza con sus dos antenas parabólicas enfocadas en mi dirección. La luz se va a pasos agigantados, pero por una vez mantengo la calma y le gano la mano. Al final se relaja, mira hacia su espalda y comprendo en ese momento que el motivo de todos mis desvelos viene siguiéndola. A menos de 40 metros, aparece majestuoso el señor de la vega. Los nervios me hacen intentar un primer disparo con el seguro puesto, pero al final rectifico y consigo liberar toda la presión y el macho que tanto había esperado cae sobre sus huella sin siquiera enterarse. Todavía me tiemblan las manos cuando la corza me abronca en la distancia y el último suspiro de luz se desvanece. Cruza rauda una última oropéndola antes de que la tarde diera paso a la noche, y me volví a percatar una vez más de lo afortunado que era al poder disfrutar de la caza del corzo a rececho en una tarde de primavera.
Alvaro Mazon Sanchez de Neyra
Autor: Alvaro Mazon Sanchez de Neyra
17/05/2012 11:54:51
(0 vistas, 4 respuestas)
CUANDO CANTA LA OROPÉNDOLA
bonito, intenso, y familiar relato con el que nos regalas, Rafa, muchas gracias! Alvaro
Enrique Beneytez Pinilla
Autor: Enrique Beneytez Pinilla
17/05/2012 12:41:05
(0 vistas, 4 respuestas)
CUANDO CANTA LA OROPÉNDOLA
Bonito relato Rafa, de foto finish !! sí Señor !! , muy intenso, como dice Álvaro. Gracias por compartirlo
Alfonso Urbano López de Carrizosa
Autor: Alfonso Urbano López de Carrizosa
17/05/2012 13:50:30
(0 vistas, 4 respuestas)
CUANDO CANTA LA OROPÉNDOLA
Qué relato más agradable! Lo he devorado párrafo a párrafo. Sencillamente me encanta. Enhorabuena por el relato y por esa lance bien jugado. Un saludo, Alfonso Urbano López de Carrizosa
Gerardo Pajares Bernaldo de Quiros
Autor: Gerardo Pajares Bernaldo de Quiros
18/05/2012 13:33:46
(0 vistas, 4 respuestas)
CUANDO CANTA LA OROPÉNDOLA
Rafa, gracias por ese relato, nos parecía estar allí mirando contigo por encima de la tapia. Abrazos Gerardo Pajares