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Juan Arce Aliseda
Autor: Juan Arce Aliseda
20/06/2012 15:24:05
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La semilla que crece
Viene a mi memoria el momento en el que la pasión por el corzo, su estudio y su caza, me aprisionaron sin saberlo, sin comprender hasta qué punto me mantendría "pillado" a estas alturas. Me remonto al año 2005. Aquel año por mi afición a la caza y por vivir en Madrid, era socio de la Real Asociación de Cazadores de Madrid. Me apuntó mi abuelo Alfredo desde que era bien pequeño. Él era por entonces el socio número 3 y dado que mí padre también lo era, pues tocaba seguir la saga. Entorno al mes de marzo me llego una carta de la "Real", como la llamábamos, en la que decía que había obtenido un permiso para un rececho de corzo en León. Más concretamente en la R.C. de Mampodré. En la carta se determinaba la fecha, quién iba a ser el guarda y otros datos de contacto. Cual no iba a ser mi sorpresa, cuando al comprobar las fechas me encontré con que el rececho sería entre los días 25 al 27 de mayo. Hasta ahí todo bien, salvo que justo en esas fechas tenía dos exámenes de la carrera. La escuela de Ingenieros Agrícolas siempre empezaba pronto los exámenes de junio y ese año no iba a ser distinto. Tras mi primera preocupación, llamé a la Consejería de Medioambiente de León e intente un cambio de fechas para la siguiente semana. Después de comprobar que para esas fechas había disponibilidad, fue aceptada mi solicitud, con lo que respiré aliviado. Genial, ahora tocaba preparar todo para aquellas fechas. Los tres días de caza estaban fijados finalmente para los días 6, 7 y 8 de junio. El permiso constaba de un corzo "no medallable". A mí eso no me importaba lo más mínimo, no tenía ni idea de las puntuaciones del corzo y solo me apetecía ir y vivir esa aventura. Poca o nula era mi experiencia en recechos, aun así mi afición a la caza, mi ansía de saber y la lectura de unos cuantos libros de caza, hacían que me resultará cercana la vivencia que iba a producirse. Lo primero que hice fue sacarme la licencia de caza de Castilla y León, tramite por cierto nada engorroso, ya que por la web te la mandaban a casa. Lo segundo fue buscar el modo de ir y la compañía. Iría con mi hermano Jacobo en un coche de la familia. Finalmente teníamos que buscar alojamiento para esos días cerca de Puebla de Lillo (León), donde habíamos quedado con el guarda. La espera entre marzo y junio se hizo eterna, solo contaba los días que faltaban, leyendo y re-leyendo cosas sobre la reserva de caza de Mampodré, su fauna, su caza, etc. Entre medias pasaron los exámenes de la carrera, finalizados éstos con éxito únicamente quedaba preparar los bártulos y entrar en faena. Habíamos quedado el día 5 con el guarda por la tarde, con lo que aprovechamos y salimos de Madrid por la mañana. Me acuerdo perfectamente que paramos a comer en León, en un bar del centro y estuvimos haciendo tiempo viendo la final de Rolan Garros que por primera vez gano Rafa Nadal. Al acabar el partido nos dirigimos a Puebla de Lillo. A varios kilómetros de nuestro destino ya comenzamos a ver los paisajes montañosos de la Reserva, preciosos, con los Picos de Europa al fondo. Jacobo llegó a avistar incluso algún corzo antes de llegar. El pueblo..., un pueblecito de montaña muy bonito, con escaso o más bien nulo movimiento externo, y digo esto porque en la posada en la que nos alojábamos lo primero que nos preguntaron fue, qué si íbamos a cazar. A todo esto no habíamos bajado las cosas del coche todavía. Una vez hospedados nos dirigimos a nuestra cita con el guarda, el cual se encontraba en agradable charla con otros cazadores que acababan de abatir un rebeco y ya esa noche se marchaban. Después de las presentaciones de rigor y las comprobaciones de la documentación pertinente, Santiago el guarda, nos pregunto si queríamos subir esa misma tarde a darle una vuelta a los corzos. Impresionados y encantados a la vez, accedimos inmediatamente a su propuesta. Una vez nos cambiamos de ropa, más acorde con las circunstancias, nos subimos en el coche y marchamos para arriba. La reserva tiene dos biotopos bien diferenciados, por un lado el monte de pinos, enebros y demás coníferas, junto a bajo matorral donde se cazan los corzos entre otras cosas y la zona de arriba de grandes riscos sin vegetación donde se cazan los rebecos. Nos sentamos enfrente de un testero de bajo matorral, desde allí, a lo lejos, se podían observar como pequeños puntos los rebecos. Con los prismáticos, mientras miraba, pensaba en cómo sería ir tras los rebecos por aquellas agrestes montañas Leonesas. Ya, una vez más concentrado en la tarea que nos teníamos entre manos, escudriñaba el terreno que teníamos delante, palmo a palmo. En un vistazo observe una corza que ramoneaba, intente ver si alrededor se encontraba algún macho, pero ni rastro. Pasaba el tiempo, todo estaba en calma y se iba ocultando el sol tras las montañas. En ese preciso momento decidimos bajar al coche y volver al pueblo. En el trayecto, hicimos varias paradas en determinadas veredas para observar algún corzo. Como pude comprobar los tenían a todos fichados, porque el guarda nos comentaba la forma del animal que podíamos ver en cada caso. En una de esas paradas, sin esperarlo, teníamos a unos ciento cincuenta metros un corzo bastante grande, que, perplejo, nos miraba. Tras las indicaciones de Santiago, me baje del coche, me apoye en la rueda de repuesto y disparé. Viendo como el corzo salía a toda prisa, escondiéndose en la espesura del bosque. El tiro se había quedado corto y acababa de perder la primera oportunidad. Ante la falta de luz, decidimos poner fin a la primera salida, y volvimos al pueblo. Tal vez fuera el cansancio del viaje, tal vez fuera la ilusión de tirar mi primer corzo, no lo sé pero no había llegado el momento, aun teníamos los tres días por delante. Cenamos en la posada, en un comedor muy acogedor, repleto de tablillas de corzo y de grandes trofeos de venado. Después de cenar, unos buenos huevos fritos con lomo y patatas, y tras haber comentado el lance de esa tarde, nos metimos en la cama. Santiago, nos había dicho que a las 6:30 debíamos salir hacia el monte, y teníamos que descansar para estar frescos a la mañana siguiente. Comenzaba el día de caza, tras levantarnos y desayunar, esperamos junto al coche de Santiago, ansiosos de empezar el rececho. Era de noche todavía, cuando empezamos a subir hacia la misma zona que el día anterior. Aparcamos el coche y comenzamos a andar, hacía frío, no íbamos bien pertrechados, por lo que el frío se hacía más intenso. Con las primeras luces, nos apostamos ante una ladera, a la espera de que saliera algún macho. El marco era inmejorable, teníamos un testero delante de nosotros desde donde veíamos en lo más alto, los riscos y peñas, más abajo un gran bosque de coníferas, y al finalizar éste, unas grandes praderas, que bajaban hasta la falda de la montaña, casi llegando hasta el pueblo. Cuando ya había salido el sol por completo,  y veíamos con claridad, comenzamos a ver las primeras hembras que salían a ramonear los brotes de las siembras. La intuición nos decía que, habiendo hembras, pronto saldría algún macho a los rasos. Y así fue, sin haber pasado media hora ya teníamos dos machos pequeños jugando y correteando detrás de las hembras. De repente los dos macho que estábamos viendo salieron corriendo, algo les había asustado. Nosotros teníamos el aire bien y nuestra posición era buena, no sabíamos que había causado su espantada. Casi sin darnos cuenta se había colado en la fiesta un macho grande, que supusimos era la causa de la huida de los dos corcinos. Santiago le estuvo examinando un buen rato, se encontraba a unos doscientos cincuenta metros de distancia, y pareció darnos su visto bueno. Estaba vez no quería precipitarme, respiré hondo, y me apoye bien en el suelo. El corzo comenzó a andar y se hacía algo más complicado el tiro, aun así le seguía con el cuerpo dentro de la mira. Al momento el guarda pegó un silbido y el corzo se paró en seco, nos miró y disparé. El corzo cayó desplomado y parecía muerto. Me di un apretón de manos con el guarda, felicitándonos mutuamente, y lo mismo hice con mi hermano. Había sido un lance muy bonito. Nos pusimos en camino hacia el lugar donde había caído el corzo, llevábamos un pequeño teckel, la distancia era algo larga y el empinado terreno hacia costoso el avanzar. Cuando llegamos, no veíamos el corzo y pensamos que podía haberse metido bajo algún matorral, pues con el disparo el animal había caído junto a un enebro rodeado de matas. Al entrar a buscarlo con el perro, ante nuestra sorpresa, el corzo saltó corriendo, sorprendiéndonos a todos, y no nos dio opción a tirarlo. Se metió en la espesura de los pinos y nos temimos lo peor.  Decidimos buscar el rastro de sangre y comenzar el pisteo. Santiago y mi hermano iban siguiendo el rastro, mientras yo me quedé apostado por si se dejaba ver. Después de un buen rato escuche un tiro, no observando movimiento del corzo. En aquel momento pensé que habían dado con él. Cuándo les vi volver al coche, me preocupe pues no llevaban el corzo. Al llegar Santiago tenía cara de enfado y Jacobo me contó lo que había ocurrido. Al parecer se les había aparecido a no más de veinte metros debajo de un manto de pinos, mi hermano le tiró casi a tenazón y falló. El corzo volvió a salir corriendo siguiendo la dirección que traía ya desde abajo, hacia arriba. Ante el fallo, Santiago decidió terminar el rastreo, y volver al coche. Al llegar al coche, Santiago informó por radio al resto de compañeros de la guardería. Cuando terminó nos dijo que lo mejor era volver al pueblo, comer y después daríamos una batida con perros para intentar encontrarlo. Así que bajamos al pueblo, y al llegar a la casa lo primero que hicimos fue sentarnos a descansar, después de la paliza que nos habíamos dado buscando el corzo. Se nos venían a la cabeza los peores presagios, pues en caso de no encontrarlo, el corzo sería contado como abatido y, nos volveríamos a Madrid de vacío. Decidimos despejarnos un poco dando un paseo por el pueblo, tomando algo y rezando un "Rosario"  a la Virgen para que hubiera suerte con la búsqueda. Después de comer, junto con Santiago, aparecieron el resto de los guardas, Antonio, Pedro, María y Javier. Traían consigo un sabueso albino, de nombre "Demonio", que según decían, tenía un olfato prodigioso. Nos pusimos en camino hacia el sitio donde lo habíamos visto por última vez, allí donde mi hermano lo había fallado. En ese momento comenzó el rastreo. En cuanto puso la nariz en el suelo, el sabueso no dejó de ladrar. Salió corriendo tras el rastro y en breves minutos levanto al corzo, que renqueante comenzó la huída. Mi hermano y yo nos habíamos quedado fuera del monte para poder rematarlo en caso de que se pusiera a tiro. Y así fue, mientras nosotros veíamos únicamente cómo una mancha blanca se movía entre los pinos y hayas, el corzo salió a un claro y se paro. Momento en el que pude tirarle, esta vez cayó seco y fue atrapado enseguida por "Demonio". No había duda, Demonio nos había sido de gran ayuda, sin su espectacular olfato no habríamos sido capaces de encontrar el corzo. En poco tiempo bajaron el corzo, y junto a Santiago y el resto de la guardería, nos hicimos las fotos de rigor con el trofeo. Creo que sin la ayuda de la guardería y la generosidad de Santiago, nos habríamos vuelto a Madrid de vacío. En ese momento arraigo la semilla corcera que tengo actualmente. Juan Arce Aliseda PD: Perdí las fotos digitales que tenía y solo guardo alguna escaneada que tiene muy poca calidad...