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Borja Sanz  
Autor: Borja Sanz
29/06/2012 12:07:55
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El escarceo de los batanes.
Así es. Otra vez el escarceo al que me tiene acostumbrado el galán de los Batanes, como lo llamamos mi padre y yo.  Porque al final nuestras salidas tras él siempre quedan en tentativas, en aproximaciones al duende de la zona pero sin el final esperado.  Si  os soy sincero, esperaba prolongar dicho relato para cuando le hubiera dado captura pero tal hazaña parece prolongarse en el tiempo y, por aquello de entrar en el tiempo de concurso, me he tenido que adelantar.Por ello, disculpad el retraso. Espero que os guste. Pues bien, como si de un ritual se tratase, el corzo de nuestros sueños siempre suele dejarse ver en abril. Parece que si no da la cara por entonces, ese corzo no tocará para este año. Así es como comentábamos de broma mi padre y yo nuestros encuentros con los corzos de camino al pueblo. Eran primeros de abril y, con los exámenes muy por delante, decidimos  romper el hielo este año en la temporada corcera. Tal vez por el sentimiento bucólico que a uno se le despierta por poder reencontrarse con el campo o, tal vez, por volver a despegarse del mundo urbanita y poder respirar aire algo más fresco y puro, el hecho es que tras las últimas andanzas allá por invierno tras las perdices, volvíamos con las mismas ilusiones a probar suerte. No habíamos llegado todavía al mismo pueblo cuando ya, desde el coche, justo a la derecha de la carretera y, creyéndose camuflado por la escasa espesura de la chopera, allí estaba plácidamente pastando el capreolus que sería objeto de nuestros sueños los próximos meses. Lucía una bonita cuerna pero, lamentablemente, todavía aterciopelada. Como acostumbra a pasar, fue detener el coche en paralelo a él y "salir por patas". Acerté a lanzarle una fotografía y se marchó.   Y llegó junio y con él  las ilusiones por volver al pueblo. En toda la temporada, por el mal tiempo, por el trabajo de mi padre o por el estudio no habíamos podido volver a cazar, así que ahora era un buen momento. Llegamos a una hora prudencial el viernes por la tarde y aún nos dimos un garbeo con el coche por el coto para tantear el terreno pero la fortuna pareció no ser puntual a nuestra cita. A la mañana siguiente, sonó el despertador a las 6:30. Con tiempo, para cavilar y decidir el destino de nuestra salida, nos levantamos. Amanecía una mañana fresca pero agradable. El cielo estaba totalmente despejado y, el campo, lamentablemente no con el esplendor al que me tiene acostumbrado. Las escasas lluvias del año no habían refrescado el terreno y la primavera se resistía a hacer acto de presencia. Al final, decidimos acercarnos, por probar suerte, al galán de los Batanes, galán porque cada año lo veíamos con su hembra y de los Batanes porque el maravilloso enclave geográfico que había elegido para su asentamiento recibía tal nombre. El lugar era una valle encajonado en unas altas laderas y con una extensa chopera en su seno regada por un riachuelo pero que, contaba con la peculiaridad de ser el límite o linde del pueblo con el adyacente. La sinuosa carretera se extendía paralela a la fila de chopos y, a lo dicho, cabe añadir los pequeños campos de cereal junto al río y en el alto de las laderas. Pues bien, hechas las presentaciones, comenzamos las andanzas por los cereales. No habíamos recorrido ni los primeros 100 metros cuando algún duende empezó a ladrarnos. Mi padre y yo íbamos separados para cubrir más terreno y lo hacíamos a una distancia el uno del otro de unos 100 metros.  Teníamos un campo de visión bastante privilegiado pero, a pesar de ello, no dábamos con él. Al tiempo, apareció haciendo contraluz  una silueta por encima de la cabeza de las cebadas. Cogí el rifle con mira para identificar aquella extraña figura y ¡premio! Fue levantar los brazos con el arma y empezó a correr, ni más ni menos, que el galán de los Batanes en dirección, haciendo honor a su nombre, a la chopera del fondo del valle. Por si surtía efecto, corrí boceando en paralelo al animal esperando la típica parada  a la que los corzos nos tienen acostumbrado pero no hubo suerte. Entonces volví a reencontrarme con mi padre en el punto que habíamos acordado al principio. -Pero, ¿qué pasa que corrías gritando? - Papá, que nos ha "gilao" el muy galán. Por lo visto, mi padre no se había enterado ni de los ladridos ni, por supuesto, de la presencia del animal pero pasar se lo estaba pasando genial al verme correr. Pasados los minutos de "cachondeíto", volvimos a plantearnos un nuevo recorrido a ver si podríamos dar con el susodicho. Partimos cada uno en ángulo agudo: mi padre pretendía llegar a un punto y, a partir de ahí, venir  en mi dirección para poder cubrir más terreno y traer a aquel corzo que osara levantarse de su encame hacia mi zona. Pues bien, así quedamos. Empecé a subir un repecho "de mil demonios" y justo a mitad ascenso empecé a oír de nuevo a un corzo a la caída. Hice el esfuerzo por alcanzar el alto lo antes posible y, al hacerlo, por uno de los extremos del valle de los Batanes, casi en el fondo del mismo, justo rozando las choperas, vi bajar la silueta de un capreolus. Me acerqué con sumo cuidado esperando que arrancara de un momento a otro de alguna sabina del puntal donde lo había visto, que casi se extendía hasta la misma agua del riachuelo. Y, de repente, venga a correr una corza a apenas 5 metros. Yo, que estaba casi convencido que allí encontraría al galán y resultó ser la hembra. Pensando llegar a tiempo al punto en el que, de nuevo, nos encontraríamos mi padre y yo, volví a subir el puntal. Desde mi posición, podía seguir como la hembra todavía corría a su ritmo y, de vez en cuando, se paraba para mirar no en mi dirección si no en la dirección en la que venía mi padre. Tratando de buscar lógica a dicho comportamiento, pensé que también lo habría detectado a él. Pero no. Fue llegar extasiado al alto del puntal cuando, de pronto, una pareja de corzos venían en la dirección de mi padre y corriendo ciegamente hacia mi posición. Sin embargo, no lo hicieron por el alto en el que estaba sino por el borde del río, en el fondo del valle, así que no acerté a distinguir el género de cada uno de ellos. Un poco a la ventura porque, tal vez esos animales estarían ya en Santa Quiteria, es decir, a años luz del lugar, decidí volver a bajar el puntal hasta la orilla del río a ver si habían decidido seguir los pasos de la hembra que ya había levantado. El tiempo pasaba, tanto es así que desde el primer encuentro con el galán habían pasado ya 2 horas y media. Así que, un poco con prisa por evitar las peores horas de calor y tratando de adelantarme a la llegada de mi padre, esta vez el descenso por el puntal fue más rápido. No habría descendido ni la mitad de lo que me esperaba cuando  apareció mi padre por el alto del puntal, que era donde habíamos acordado el punto de encuentro. Mi  padre y yo cuando no nos localizamos el uno al otro empezamos a silbarnos para poder situarnos pero, en aquella ocasión, lo que menos me interesaba era empezar a silbar ni que él lo hiciera tampoco. La razón era simple: tenía la pareja de corzos metidos en el mismo puntal, a ras del río. Aligeré el paso y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, de repente la pareja de corzos arrancó de unas sabinas al unísono a una velocidad inalcanzable. Me faltaban piernas para buscar un lugar despejado para probar suerte con el rifle. Con  esta intención me volví a ver obligado a correr por una zona de monte, esta vez, más espesa que en la primera ocasión. Al final, me asomé a uno de los laterales del puntal y, sorprendentemente, a no más de diez metros, cruzado y en una zona totalmente despejada, allí estaba con la mirada fija en mí. Sin pensarlo un momento, me eché el rifle a la cara, disparé y fallé. No me había dado aún tiempo a pasar el cerrojo del rifle cuando el animal desapareció entre las sabinas. - Borja, Borja... ¿Qué ha pasado? ¿Ha caído? - No, papá. Se ha vuelto a ir. - Es que les das en la vena de la salud! Y venga a reírse.   Borja Sanz.