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Alberto Ramos Álvarez
Autor: Alberto Ramos Álvarez
08/12/2012 20:04:37
(1 vistas, 10 respuestas)
3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
Este relato en el que narro lo ocurrido el pasado 3 de enero de hace dos años refleja la dureza y grandeza de la caza. Siempre he procurado cazar en montes grandes y posturas largas, de esas que tiran después de hora y media o dos horas del levante y en las que hacen falta perros de pecho y monteros experimentados por la dificultad del terreno. Aguardo que os guste, fue tal cual. Un cordial saludo a tod@s. Es Domingo, día 3 de este nuevo 2.010 que acaba de comenzar y  una nueva jornada cinegética nos aguarda con todas las ilusiones puestas en dar caza al gran jabalí: al  monstruo que ha sido avistado en el coto durante los 2 últimos meses. El día, como no podía ser de otra manera, se caracterizó por  la tónica meteorológica que se ha convertido en una constante durante esta temporada de caza y a la que ya nos hemos acostumbrado: lluvia, viento y frío, mucho frío. Llueve sobre mojado y sobre nevado: ni rastros ni huellas ni nada de nada; así que, aplicando la lógica, nos decidimos por cazar en una de las zonas más complejas y dificultosas del coto: tanto por la espesura como por la extensión. Una zona de abrigo  y con abundancia de alimento por cantidad de sotos abandonados que abundan por doquier. Hace años, mi hermano y compañeros de cuadrilla me tuvieron que sacar de ese "infernal monte" con linternas cuando mis piernas ya no respondían por los calambres. Un cazadero que siempre guarda buenos macarenos, pero que entraña la dificultad de hacerlos salir de la espesura para poder ser tirados, ya que suelen ofrecer mucha resistencia a los perros. Soltamos Toño P. y el que escribe a las 11 de la mañana. Más tarde -sobre la una- soltaría Benigno R. Mis canes se muestran algo holgazanes y no es para menos, con la que está cayendo. Les animo como siempre y comienzan a desperdigarse en busca de rastros del momento, poco rastro hay de la noche anterior por el diluvio caído. Se producen  tímidas ladras que se acaban desdibujando en la inmensidad de la Ribera del Sil a la altura de Viduedo. Poco a poco, los perros van retornando por la escarpada y difícil ladera en la que me adentrado: son conjuntos de moles graníticas enclavadas en un terreno muy pendiente, resbaladizo y lleno de espesos zarzales, tojales y brezales con solera (de 30 años de crecimiento desde el último incendio forestal). Toño desiste en el intento de seguir monteando y va recogiendo hacia su suelta. Yo, sin embargo, me atrevo a seguir "dando monte" introduciéndome en la infernal "Ribeira de Viduedo", sabedor de que los jabalíes, más pronto que tarde, tendrán que dar la cara. Sé de sobra  que le van a plantar cara  a los perros porque esta es una zona muy poco cazada y molestada  y a la que generalmente hay que entrar a apoyarlos. Cruzo "O regato das Agullas" por su parte superior, los perros empiezan a rastrear en la entrada a un inmenso brezal y, de repente, los 17 valientes que me acompañan en esta jornada, comienzan a marcar a parado paulatinamente. Poco a poco, la presión de los canes, que  van acudiendo  progresivamente  a las primeras ladras comienza a ser un verdadero espectáculo para los sentidos y empieza a dar resultado, justo cuando iba a disparar al río para hacer ruido y evitar que los perros fuesen heridos, el espeso brezal se estremece y cruje por los cuatro costados. ¡Cómo me hubiese gustado haber llevado una cámara y poder filmar lo que mis sentidos contemplaron en esos efímeros pero intensos momentos!: el levante y  la incertidumbre, lo más bonito que puede deparar la caza mayor. Me encuentro  en un angosto soto abandonado que se encuentra rodeado de dos laderas sobre las que emergen rocas inmensas que caen casi verticalmente sobre el río Sil. Es un pequeño rellano muy transitado por la caza mayor y un paso muy querencioso de la misma. Tengo dos puestos y opto por ir corriendo al inferior. Me podía haber quedado en el superior pero, por intuición o instinto, algo me dice que vaya unos 80 metros más abajo. Los perros se dividen claramente en tres grupos distintos muy compactos, cuyas ladras van poco a poco haciéndose oír en la Ribeira do Sil. Aviso por el walkie de los tres levantes  y lo apago al instante. Ya le he puesto el falso al rifle, me he colocado en ese querencioso paso en el borde inferior del soto y permanezco en absoluto silencio. Pasa media hora... 40 minutos... y, de repente, una ladra lejana se acerca hacia mí: sus ecos resuenan en el cañón, ya están más cerca, mi corazón se acelera exactamente igual que cuando abatí mi primer jabalí. Un enorme estruendo ruge dentro del  compacto y enorme brezal, a unos escasos 30 metros de mi posición; de repente Best, Ray, Café, Roy y Sil marcan a parado justo en esa posición. Sé que es un catedrático, sus mañas lo desvelan y el tremendo ruido del que se acompaña su paso también. Después de dos minutos de incertidumbre, el ruido se dirige hacia mi posición, me escondo intentando disimular mi silueta junto al grueso  tronco de un centenario castaño, evitando cargar aire hacia su salida: "ya viene Alberto... ahí viene..."-pienso-. Los perros le aúllan a distancia y con la cautela que su experiencia les ha dado y ... ¡por fin! Su enorme cabezón canoso emerge de la espesura... está a 15 metros y viene muy apurado, es enorme, negro zaíno; apunto al codillo y ... ¡disparo!  ¡Lo he sentado! Mira hacia mí, da una vuelta sobre si mismo, vuelve a incorporase y le "segundo"... bummm!!! Le he apuntado a la cabeza pero el impacto le ha pegado de refilón, lo justo como para darle un poco más de vida. El  enorme jabalí vuelve a caer, no bajo el rifle y disparo el tercero con precipitación. Está inmóvil y los perros ya están llegando. Todo sucede muy rápido, son eses momentos en los que actúas por instinto e intentas recordar cómo apuntaste o lo que hiciste, momentos en los que  actúas por inercia y ya casi no te acuerdas ni de cómo apuntaste ni de todos eses minstantes que suceden tan fugazmente. Cojo una bala del bolsillo para rematarlo y evitar que haga una verdadera carnicería, ya he metido la bala en el peine, justo cuando  se reincorpora, me mira  y se precipita por la parte lateral de una enorme roca de unos 300 metros de longitud  que cae casi vertical hacia el río impulsándose con sus aplomos traseros, no me ha dado tiempo a tirarle el cuarto. Tiene unas defensas de espanto, quizás las más grandes que he visto jamás en mi vida y pasa de los 100 kg con creces, ese es el jabalí de mi vida, pero... se ha ido. Va muy tocado, de muerte pero, bajando, todos los santos le ayudan y la pendiente y la dificultad del terreno para poder pistearlo todavía más. Los perros le acosan ahora a  vientos y en paralelo dado  que no pueden bajar por donde se ha precipitado la bestia. Sus ladras se dirigen al Sil, sus ecos se pierden y encubren hacia la ladera de Paradela... Dios mío... es imposible -pienso-, lo he apuntado bien y del primer tiro va muy bien pegado; de hecho lo he sentado y he frenado su  veloz carrera, pero el peligro es ahora para mis perros. Informo por la emisora de lo ocurrido. Hacia donde se dirige el jabalí no hay nadie aposturando: éramos tan sólo 14 en la lista  para un monte que necesita 40 puestos y unos 50 ó 60 perros para ser mínimamente cubierto y movido. Me entran las prisas y me informan por el walkie los compañeros de  la otra cuadrilla: "Os Afiadores" de  que los perros laten a parado en una zona muy inaccesible, ya casi entrando en su cazadero. Ellos disparan a mucha distancia a  las rocas que se hallan por encima de los canes  para que el jabalí  se mueva pero es inútil, el lugar es casi inaccesible y  el jabalí está muy tocado o quizás muerto y los perros ahora están mostrándole sus respetos aullándole a cierta distancia, sabedores del peligro que corren -según confirman por el walkie Jose Antonio y Víctor, miembros de la cuadrilla "Os Afiadores"-  Lo intento: voy a toda velocidad hacia ellos pero es inútil, mis fuerzas se agotan, mis piernas se cansan y se topan  una y otra vez con la colosal roca que no puedo sortear... lo intento por su parte inferior.. nada..; ahora por  arriba:  tampoco. Pasa una hora, me dicen que los perros ya no ladran y que parece como si de vez en cuando lo estuviesen mordiendo. El lugar al que ha ido el jabalí es uno de los más inaccesibles y difíciles de nuestro tecor: ni forestales ni cortafuegos, sólo kilométricos zarzales y monte para dar y tomar; para más inri, el problema es que no puedo oír ni siquiera las ladras, cada vez más escasas a fin de  poder orientarme con precisión: dos inmensas ciembras de monte en la escarpada ribera  impiden que el sonido  llegue mínimamente nítido a mi posición. Poco a poco Best, Roy y Sil regresan: reviso con minuciosidad sus cuerpos pero, ni rastro de colmilladas ni navajazos; sin duda, el jabalí o está muerto o los perros se han amedrentado y lo han dejado por imposible, pero faltan Ray y Café, temo por ellos. Mi única esperanza es que el macareno haya encontrado la muerte antes de dar buena cuenta de los dos canes. Al poco rato se oyen disparos. Dos puestos disparan, sin resultados, a dos jabalíes de mediano tamaño que iban acosados tras los primeros levantes por el resto de perros ¡Cuánto les cuesta a los canes sacar a los suidos del infernal cazadero! aunque, poco a poco, lo van logrando. De repente  me informan que parte de la jauría ha salido de cazadero. Hoy parece que todo sale al revés, es uno de esos días tontos -pienso- y para colmo he perdido al solitario de mis sueños. Pasa  una hora. Café ha vuelto ahora también y, junto a los tres perros que han regresado tras el acoso del gran jabalí, retornan al brezal. Se oye una pelea y dan buena cuenta de un primalón... Acudo al "lugar de los hechos" y el jabato de unos 30 kilos yace inerte y continúa siendo mordisqueado con saña por los 4 valientes. La gente se empieza a cansar y piensa en recoger. Poco a poco van retornando 7 perros más y tengo once listos para seguir monteando. Son las tres de la tarde. Hay dos opciones: O recoger o continuar monteando las dos terceras partes del cazadero y aprovechar para intentar dirigirme hacia el "hipotético"  encame de muerte del catedrático. Todavía quedan tres largas horas de luz. Tras consultarlo con el responsable y tras oír opiniones a favor y en contra, optamos por la opción más valiente: ¡VAMOS A POR ÉL, HAY QUE COBRARLO! Me siento a descansar media hora y comer un bocadillo mientras variamos ligeramente la posición de algunos puestos para retornar a la "batalla".  Me adentro en la falda de monte peor, la más inhóspita  y espesa, muy cerca de donde abatí el primer jabalí de mi vida, hace ya algunos añitos, y me dirijo hacia la posición que los compañeros de la otra cuadrilla me habían indicado, pero aún hay mucho monte que atravesar para poder llegar al lugar de los hechos. A los 200 metros, la actitud de los canes no se hace esperar: comienza una nueva ladra espectacular a parado y para que las reses desencamen sin hacerle daño a los perros disparo contra una enorme roca de la otra ribera luguesa  y... ¡El monte comienza a rugir de nuevo! Anuncio el levante por radio. Los perros se dividen en dos grupos claramente diferenciados. La ladra más compacta se dirige hacia el puesto de Luis C. quien yerra en el tiro de un jabalí de 60 kilos de peso pero acierta en el tiro del que venía detrás. El resto de la jauría se dirige al puesto de Marcos V., quien dispara sobre un cochino de buen porte, ha fallado. El jabalí arrastra a los perros fuera de cazadero y la suerte está echada. Ya no hay nada que hacer salvo lo más importante, salirme del monte antes de que la noche me coja. No he podido llegar hasta el enorme jabalí que había herido a primera hora, pero la caza es así... Ya es de noche y hemos recogido. Ahora el problema es que los TTs no dan subido los dos remolques por las pendientes pistas forestales, llenas de barro a causa de los últimos días de lluvia y nieve; así que a optamos por dejar los remolques en su sitio y transportar a los perros en el coche de mi padre. Son las 11 y media de la noche y tan sólo falta un perro: El Ray. Activamos el radio-localizador y su señal es débil, justo hacia donde -hipotéticamente- nos habían indicado que había quedado aculado el gran jabalí que había herido a la mañana. Son ya las doce de la noche y la señal permanece inmóvil. "Lo han matado" - Le digo a mi padre...- Optamos por madrugar al día siguiente. Recojo al alba a mi padre en su casa y nos dirigimos a buscar al perro. En este caso  nos desplazamos hacia la parte inferior del cazadero por la carretera que va paralela al embalse y la señal aumenta de intensidad, pero no se ha movido desde ayer. Es exactamente la misma posición. Opto por subir por el arroyo de Viduedo a pie y acompañado del compañero de cuadrilla  Pablo Almeida. Subimos 300 metros aguas arriba y la señal se hace cada vez más fuerte, tanto que el perro está a menos de 150 metros de nuestra posición. Ahora caminamos hacia la inmensa ladera de Viduedo,  la parte inferior del cazadero que monteé a la tarde. Llamo al perro una y otra vez hasta que ¡SÍ,  ha aullado! El perro está en problemas: es  veterano, tiene ya 5 años y no suele quedarse a dormir en el monte. Siempre suele regresar muy bien a la suelta. Vamos hacia él, ya falta menos. Rodeamos un enorme precipicio cortado. Vuelvo a llamarlo: "Ray, ven bonito, ven..." y vuelve a aullar... Pablo me indica la posición del perro y me grita: "¡Alberto, o xabarín está xunto dil. Está morto, é enorme" ¡Increíble!, no me lo puedo creer, Ray ¡Viva la madre que te parió! El perro y el jabalí -ya muerto, supongo- habían caído a un pequeño balcón que salía de la mitad de una enorme roca vertical de la que el cánido no podía salir. Poco a poco nos aproximamos a ellos y bajamos al perro con cuerdas. Ray ya está a salvo sin herida alguna -lo que me hace suponer que el jabalí murió al poco de caer-, pero para poder sacar al jabalí necesitamos ayuda: es de los buenos. Luis C. acude a nuestro encuentro. La verdad es que a primera hora de la mañana me dolía  todo el cuerpo después del palizón del día anterior, pero ahora parece que no  siento nada, por las sensaciones y catarsis que me trasmite la emoción del momento.  Entre los tres y tras un par de largas horas, logramos bajar al catedrático hasta la carretera de la Central Hidroeléctrica. Nuestra satisfacción es enorme, casi no nos lo podemos creer: no sólo  hemos salvado al perro, sino que nos hemos hecho con el "abuelo". Todo ha finalizado con éxito y  el guarro es de los de impresión: alunado y con unas navajas imponentes: 31,5 y 18,5 cms. en verde. Pesa unos 120 kilos en bruto. Mi sueño se ha hecho realidad  y lo más importante: ni nosotros ni los perros en esta ocasión, hemos sufrido el más mínimo rasguño. Todo esfuerzo conlleva, a veces, su merecido premio y hoy, aún encima, la fortuna nos ha vuelto a sonreír. El macareno mostró dos impactos: uno en la parte inferior de la región  torácica con bala alojada en  el jamón contrapuesto sin salida y otro de refilón entre la testud y la oreja que no llegó a penetrar de lleno. La enorme pendiente casi vertical y la adrenalina le ayudaron a recorrer unos 800 metros de ladera  de descenso. Utilicé un HK modelo 940 (cañón corto) calibre 30-06  y munición RWS KS, un rifle  con el que monteé 15 años, ahora lo hago con una paralela grulla del doce, más ligera y con la que estoy fallando mucha menos caza. Utilizo balas remington Slugger high Velocity con mejores  resultados. Un cordial saludo a todos y me anticipo a mandaros la felicitación navideña. Alberto Ramos Álvarez, escritor y socio de la ACE.
Daniel Becerra Aguirre
09/12/2012 18:51:55
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3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
un placer de lectura. gracias
Adolfo Arnedo Calvo
Autor: Adolfo Arnedo Calvo
09/12/2012 22:19:08
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3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
Bonito y emocionante relato Alberto... ¿y la foto? Un saludo,
Alberto Ramos Álvarez
Autor: Alberto Ramos Álvarez
10/12/2012 0:02:00
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3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
Acabo de llegar del monte, estes perros me vuelven loco y vuelven loca a la caza, la "queman" ¡Y con localizador!, y mira que avisaron sobre esta raza jejjj. Gracias a vosotros por leerme y por vuestras consideraciones, la caza del corzo me gusta pero el jabalí es mi preferida. Hoy no hubo suerte, los perros se enzarzaron con un corzo bien emborrado ya y lo llevaron al quinto pino, porque no hubo posibilidad de poder cortarlos en la línea de puestos, tan loco lo pusieron que  lo llevaron, trajeron, lo volvieron a llevar y lo volvieron a traer pero tuve que cortarlos gracias al localizador, en un monte de envergadura y muy denso... Pero así es la caza y lo pasamos bien con fabada incluída  y jamón ibérico de cena ; ) Adolfo, este es el animal, la foto no es muy estética, disculpad: i.imgur.com/TJcFP.jpg Y esta es la tabla, como veis mis iniciales son JARA : ) i.imgur.com/HkhlR.jpg Días como este son dificilmente repetibles, pero son de esos que recuerdas toda la vida por el lance, por el trofeo y por lo vivido. Saludos cordiales, Alberto Ramos Álvarez.
Mauricio Melgar Jiménez
Autor: Mauricio Melgar Jiménez
10/12/2012 12:52:49
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3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
Alberto, mi más cordial enhorabuena, sobre todo por el lance vivido, y que el Ray saliera ileso del encuentro con semejante monstruo. La verdad es que te puedes estar toda la vida cazando y no encontrarte nunca con un guarro de semejante porte. Las navajas son alucinantes y además es asimétrico y le falta una amoladera, me encanta. Lo dicho, enhorabuena y un abrazo. Ha sido un placer leerlo, casi me temblaban las piernas. Mauricio Melgar
Eduard Melero
Autor: Eduard Melero
10/12/2012 20:26:22
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3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
Alberto, me encanta el relato!!! que aventura más buena y que experiencia.... para no olvidarla jamás. Sin desmerecer nada ni nadie, lo que más me gusta de todo son los protagonistas: Los Perros. Que haríamos sin ellos?, para mi la caza sin perro carece de algo, es como una mesa sin mantel. Aunque haya momentos que se puede prescindir de ellos más tarde o temprano se hacen imprescindibles (rastreos, compañía, aviso, sangre,...). De verdad, muchas gracias por dejarnos disfrutar de éste relato, lo he pasado fenomenal! PD: también teníamos un sabueso que se llamaba Rai y nos daba unas jornadas inolvidables, pero después de tantas batallas, ya entrado en edad, en una no pudo aguantar la emboscada del jabalí y nos dejó. Otro recuerdo para siempre!
Adolfo Arnedo Calvo
Autor: Adolfo Arnedo Calvo
10/12/2012 22:27:55
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3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
...muchas gracias por esas fotos Alberto, aunque igual preferiría no haberlas visto... ¡ vaya tocino! Un saludo,
Javier Sanz Calvo
Autor: Javier Sanz Calvo
09/01/2013 18:51:42
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3 de enero de 2010, un día que jamás olvidaré.
Como dirian en tu tierra "machiño" menuda azaña. Tengo la suerte de conocer la zona y la forma en que cazais allí me parece de lo mas autentica. Precioso relato con final muy feliz, enhorabuena. Un saludo y buena caza.