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Borja Sanz  
Autor: Borja Sanz
24/09/2015 19:42:40
(1 vistas, 1 respuestas)
Guadalajara, tierra de corzos.

Concurso de relatos. Guadalajara tiene duende. Y lo es ibérico, salvaje e indómito.  También es inteligente, no sólo por su comportamiento prudente y astuto sino por su predilección a la hora de elegir un asentamiento. En el este de la provincia lo hizo hace ya bastante tiempo y desde entonces su expansión ha sido imparable. Además, parece que le ha gustado y nosotros, sus vecinos, estamos enormemente encantados de verlo campear por nuestros municipios. No es para menos, Guadalajara acoge a todo visitante con las manos abiertas a pesar de pasar notablemente desapercibida tal vez por su cercanía a la capital. Como ven, mi relato es un homenaje a esta tierra de corzos.  En particular, me gustaría aterrizar más si cabe en la comarca de Molina de Aragón y Alto Tajo. De las cuatro comarcas es la más distante de la capital de provincia y, por una serie de factores, también la más deprimida demográficamente (hasta el punto de ser conocida como la "Siberia española"). Además es una de las zonas más frías de España y con mayores amplitudes térmicas entre el día y la noche. Comprenderán pues que sobrevivir a tan extremas temperaturas se haya convertido en un arte para sus habitantes. Mi última aventura cinegética tuvo lugar en un municipio de dicha comarca, sin altas densidades de corzo pero sí formidables ejemplares. La dureza en lo climatológico explica que así sea y tan sólo los más fuertes sobrevivan. Pero esta vez la historia tuvo lugar en julio y no precisamente a temperaturas bajo cero sino coincidiendo con los últimos coletazos de la ola de calor que azotó la Península. Llevaba varios días cazando en el coto y se me hacía imposible avistar corzos y, menos aún, darles caza. Así que tratando de hallar una explicación a dicho fenómeno, pude conectarme a los foros de la asociación (ACE) y encontrar lo que buscaba. De un post de uno de los colaboradores de la web leí que eran días para esperarlos en el agua y, aprovechando el celo, poder avistar alguna pareja entrando a horas relativamente tempranas. Lo creí a pies juntillas y esa tarde tomé los bártulos y me acerqué a una charca que hay junto a la sierra, tremendamente tomada por el ganado ovino (el único que transita la zona) pero también por jabalíes, corzos, zorros y todo tipo de animales del entorno. Con suerte, pude grabar esta corza que entró tranquila con las últimas luces del día pero del macho ni rastro.

 Al día siguiente por la tarde, pensé que podría ver algún animal en un barranco que, a modo de embudo, desemboca en la charca en la que había estado el día anterior. Y que por otra parte es zona de paso desde la sierra hacia la zona de cultivo. Así que a mitad ladera tomé asiento, comencé a mimetizarme con el entorno, a escuchar el "silencio", a disfrutar del calor de aquella tarde, a divagar, a cultivar la paciencia... Eran las 20.20 horas de la tarde cuando de repente escuché la huida de un animal justo enfrente de mi postura  pero sin poder llegar a ver nada. La situación me puso en alerta y tomé el rifle y ajusté el trípode ante lo que pudiera avecinarse. Pasaron unos minutos de silencio y poco después la espera volvió a empaparse del sonido de las chicharras, el canto de las totovías y el arrullo de las torcaces que venían desde más abajo. Por si acaso, mantuve la mirada en aquel grupo de sabinas entre las que había sentido aquel ruido hasta que, de pronto, a unos pocos metros del primer punto, cruzó una pareja de corzos. Lo hizo de forma rapidísima, pues la hembra estaba claramente siendo acosada por el macho. Por un momento desearía haber detenido aquel momento y disfrutar de tal privilegio pero la aparición fue fugaz y ambos volvieron a perderse en la espesura. No alcancé a valorar el trofeo del macho ante la brevedad con la que volvieron a hacer acto de presencia pero sabía que la suerte estaría de mi lado unos minutos más tarde. Esta vez sí, confiado en que al menos sería un macho "tirable" a juzgar por el tamaño del animal y la férrea defensa de su hembra,  me acomodé lo mejor que pude y me preparé para una nueva posible aparición. Tal vez la última.  Y así fue. La pareja volvió a descubrirse frente a mí,  al trote hasta detenerse y comenzaron a inspeccionar el entorno. Lo hicieron en un punto donde no tenían nada que llevarse a la boca, con pendiente pronunciada y aparentemente fuera de la senda  que los había traído hasta allí pero perfectamente a tiro para probar suerte. Agarré el rifle con fuerza, centré la cruz del visor en la paletilla del animal, traté de templar los nervios y apreté el gatillo a la postre. El animal quedó paralizado pero firme y entero sobre sus cuatro patas, lo cual me obligó a reaccionar sin demorar un instante. Así que apunté, disparé y volví a errar el disparo. El animal seguía allí, petrificado a apenas unos 50 metros sin prestarme atención. Y al tercer intento, consciente de ser mi última oportunidad, volví a apuntar, me aseguré todo lo que pude y disparé. El animal cayó sobre sus patas. Estaba perplejo...un animal adulto y, a la vez, tan permisivo me había concedido tres disparos sin inmutarse.   La hembra, eso sí, abandonó el lugar con el primer disparo. Y lo hizo a una velocidad de vértigo. Pues bien, salí de mi postura, en la que comenzaba ya a quedar entumecido de cintura para abajo y corrí hacia mi trofeo.  

Las fotografías las realicé más abajo en la charca donde lo había esperado la tarde anterior pero donde no había dado la cara. En un paraje idílico, como acostumbra a ofrecernos el campo de Guadalajara. Una tierra de corzos que seguramente lo arropó cuando todavía era un corcino, lo cuidó hasta la etapa adulta y lo entregó de la forma más noble a un cazador que lo buscaba con anhelo, admirado por su espectacular porte.   Gracias por leerme. Un saludo, Borja Sanz (Socio).

Pablo Fernández-Salguero López
Autor: Pablo Fernández-Salguero López
25/09/2015 22:03:46
(0 vistas, 1 respuestas)
Guadalajara, tierra de corzos.
Borja, buenas noches, gracias por participar con la narración de ese lance, y por supuesto, enhorabuena por ese precioso corzo. saludos, Pablo Fdez-Salguero