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Álvaro Peña de los Santos
Autor: Álvaro Peña de los Santos
08/07/2020 18:32:21
(1 vistas, 3 respuestas)
Una chica de barrio

El motivo del título del relato está relacionado con un reportaje de Michael Robison que vi hace algún tiempo, en el que se contaba la historia de Noozhoh Canarias, un caballo español sin pedigrí que se coló en la carrera más importante del mundo para potros de dos años. Un caballo que, sin ser de una elitista estirpe, se había convertido en un gran velocista, llegando a vencer a los mejores del ranking sin tener esa sangre azul de sus contrincantes, ni venir de una familia de las de “bien”. Pues bien, alguna semejanza tiene la protagonista de esta historia con el jaco.

Con 4 añitos largos ya cumplidos, Teba es una Jack Russel sin demasiado linaje ni alcurnia (al menos documentados). Su fenotipo tampoco es el típico de los de su línea, siendo algo más grande que la media y saltándose algunos estándares más aunque sinceramente me dan igual. En cuanto a los perros y haciendo un símil con los coches, siempre he sido más partidario de primar el motor antes que el carenado (por eso tengo un Toyota) y el de ésta lleva las mejores piezas. Con esto no quiero ni mucho menos decir que no sepa lo que influye la genética a la hora de que un perro valga, pero si pienso que de animales que vengan de estirpes no especializadas en la materia, con mucho trabajo y dedicación se pueda conseguir despertar lo que quizá en su ascendencia llevaba generaciones dormido.

Supongo que será “amor de padre”, y no siendo el único cobro que me ha hecho en estos cuatro años desde que la tengo, la faena del fin de semana pasado fue algo que ni yo, ni los dos amigos que me acompañaban olvidaremos. Ellos por ser su primera jornada tras los corzos, y tener la suerte de poder disfrutar de un lance como fue éste, y yo, sin ser gran conocedor en lo que a perros de rastro se refiere, sí se ver cuando algo entraña dificultad y mérito, y cuando las cosas se hacen bien(hablo de ella y en ningún caso de mi).
Sin más preámbulos, paso a contar el que hasta ahora ha sido el lance que más me ha emocionado y satisfacción me ha dado desde que siendo bien pequeño empecé con esta afición que tanto me ha dado y espero me siga dando muchos años más.
Estrenaba coto; coto duro de los de verdad, muy quebrado, casi sin caminos, con una vegetación muy escasa en su parte alta, lo que hace “sencillo” localizar los animales, pero difícil la aproximación, y en su parte baja un tupidísimo bosque de pino, haya y roble, estando forrado el suelo de una alfombra de helechos, zarzas y aulagas que hacen para el dueño muy difícil andar, ya que con el ruido que se hace no lo considero casi un rececho, y para la protagonista de la historia, debido a la corta longitud de sus patas, imposible, teniendo que pasar una gran parte de las salidas en la mochila.
El lance:
El que escribe tan solo se ocupó de apretar un gatillo, y mal apretado por lo que contaré a continuación.
Seré breve: 21:30, y en el testero que controlaba, como suele pasar con estos duendes y sus apariciones, ahí estaba comiendo tan tranquilamente sin haberlo visto llegar, y estaba en todo el centro del claro. Valorarlo, tomar apoyo y disparar no me llevo más de un par de minutos ya que a sabiendas de que en la zona la calidad no es alta, y guiándome por la impresión que me dio el cuerpo del animal y valiéndome de los aumentos del visor pude ver perfectamente sus puntas y la longitud, me decidí a intentarlo, encontrándose a algo menos de 300 metros y siendo imposible acercarme más ya que al hacerlo, la única opción era bajar por la ladera en la que me encontraba y dejaba de verlo.
Bien apoyado, visor “ultramegatodo” con todas sus correcciones hechas, hasta que el tiro casi sin esperarlo sonó y, cosa que con otros calibres no me había pasado, con éste casi siempre me ocurre y es que cuando les pego escucho el “plof”.
Tomé un par de referencias para llegar al lugar exacto del tiro, y comencé a descender hasta lo que pensaba no iba a tener mayor dificultad, ya que he de decir que estaba convencido de que el animal se iba a encontrar en el tiro, ya que, al mismo, ni mi amigo ni yo lo habíamos visto correr en ninguna dirección…
Mis convicciones se esfumaron cuando al llegar al sitio, y ser ése y ningún otro, ya que era el único claro del testero donde podría haberlo visto, estando rodeado de una maraña de más de un metro que me hubieran hecho imposible localizarlo, allí no había ni corzo, ni pelo, ni sangre ni nada que indicase que el animal pudiese estar tocado, pero convencido por el “plof” y animado por la insistencia de la perrita en seguir una pequeña veredilla en dirección a un gran barranco, me decidí a hacerle caso, y sin demasiada fe, empezamos una aventura que no acabaría ni allí, ni ese día.
Lo fija que iba la perra, que de tanto tirar de la traílla le hacía casi no poder respirar, pero ella seguía fija en su vereda sin salirse de ella, era lo único que me animaba a seguirla, ya que seguía sin ver ningún indicio de acierto. A unos 300/400 metros del tiro, el monte de aulagas era tan tupido que le resultaba imposible avanzar, y parándose y sentándose, me miraba y lloraba como diciendo: es por aquí pero necesito de tus piernas Esta parte me tocó hacerla con ella en brazos y siguiendo lo que intuía ser una vereda, pero cada vez menos marcada, conseguimos llegar a una zona en la que al estar el monte algo más despejado podía volver al suelo. Rápidamente retomó el rastro y siguió tirando y tirando; pero más por falta de indicios que de otra cosa, ya solo pensaba en que estaba siguiendo el rastro del corzo, pero del corzo ileso, el cual estaría a kilómetros reponiéndose del susto, o acordándose de algún antepasado nuestro, pero como con la hora que era y lo bien que lo estábamos pasando no tenía nada mejor que hacer, por lo decidí seguirla hasta que se cansara, o se diera cuenta de lo que me temía: se había fallado y punto.
Pero cual fue mi sorpresa que a unos 500 metros del tiro, le vi pararse un segundo y cambiar su dirección pasando de ir directa a la caja del arroyo a empezar a faldear paralelo al mismo.
Ya con el frontal debido que a que el sol hacía tiempo que estaba reposando después del duro trabajo, pude ver que donde le había visto pararse, había una gota de sangre, y lo primero que pensé es que fuese suya, ya que tiene la costumbre de al no poder pasar por ciertos sitios, morder las ramas, y aquello estaba lleno de zarzas. Seguimos, y pude ver que las gotitas eran cada vez más abundantes sin llegar a haber un rastro claro por lo que siendo las horas que eran, más de las 22:00 y lo “apretao” de monte que estaba aquello me tuve que parar y decidir qué hacer, ya que no quería quitarla del rastro, pero tampoco quería levantar al corzo pensando que pudiese estar de barriga y se hubiese echado, ni jugarme un susto ya que el rastro volvía a dirigirse al arrollo inclinándose cada vez más el terreno y haciéndose peligroso andar por allí casi a oscuras. En este momento de decidir qué hacer, y pensando también en la tupa de bautismo que le estaba dando a mi amigo, vi como a unos 100 metros y ya entrando en el arroyo, el que debía ser nuestro corzo se levantaba y de un salto desaparecía en él, por lo que al ver la velocidad con la que se movía y pensando que una vez allí se echaría, se despejaron mis dudas y decidimos retomar al día siguiente.
A la perrilla no le hizo demasiada gracia el “break” pero pienso que era lo más sensato.
Noche de darle vueltas, pensar donde le habría pegado, si estaría allí, si no, si que malo soy, si que faena me había hecho la perra, si pitos, si flautas….hasta que sonó el despertador.
Decidí ir directamente al punto donde lo había dejado la noche anterior, y con la compañía de un nuevo amigo más, para allá que nos fuimos.
Una vez en el sitio, y ya con luz natural, retomamos el rastro que se dirigía directo al arroyo. Cada pocos metros encontraba alguna gota de sangre, pero siempre en el suelo, no manchando nunca a buena altura por lo que las esperanzas no estaban al 100% pero como el plan de esa mañana era ese corzo y no otro, seguimos adelante.
Al llegar al arroyo vi que llevaba bastante agua y que las paredes tenían una inclinación casi vertical, por lo que supuse que por mal pegado que fuese, no muy lejos de allí estaría, ya que tanto bajar como salir de allí suponía escalar. Llegando al vértice la perrilla comenzó a marcar de nuevo en sentido descendente, siguiendo el curso del agua, pero tras más de 300 metros siguiendo un rastro para mi inexistente, en una pequeña vereda que subía una pendiente muy pronunciada, empezó a querer coger por ella, por lo que después de lo que había hecho, no me quedó otra que hacerle caso y seguirla, y seguirla y seguirla… ya que la alegría que llevaba me daba, aunque no demasiadas, alguna esperanza. Pues bien, y aquí empieza la acción, al cabo de 400 metros de empezar a subir, en unas piedras encontré lo que me parecía imposible: sangre de nuevo, y en este caso más abundante que las anteriores (entiendo que el corzo se tumbaría en ese lugar). No me lo podía creer, ya que desde la última sangre habíamos recorrido casi un kilómetro, pero las esperanzas volvieron a crecer. La dirección que tomaba era seguir subiendo y directa a unos zarzales que por más que intenté, no conseguía ver una posible entrada y menos ningún rastro de sangre que indicase que por allí podía haber entrado el corzo, pero en esos momentos ya no era nadie para llevarle la contraria a la “perri”, por lo que decidí soltarla debido a que gracias a su tamaño ella sí que podría entrar en el zarzal.
Me situé unos metros en dirección al arroyo con la idea de que si lo levantaba, el animal corriese hacia abajo y allí, en un lugar que dominada unos metros y estando en la vereda más tomada que vi me puse a esperar acontecimientos…
No sé si será la raza, pero por lo general nunca ladra, salvo en casos en los que tenga al animal muy muy cerca. Pues esperando en el “clarito”, a unos pocos metros por encima mía, la escuché ladrar en mi dirección, siguiendo un tropel que cada vez se acercaba más a mi posición. Lo que ocurrió después pienso que algo imprudente por mi parte, pero fue la reacción que tuve; a 3 o 4 metros y por la misma vereda en la que me encontraba, seguido muy de cerca por la perrilla, apareció el corzo a todo galope y sin ninguna intención de apartarse de su dirección (la mía) por lo que me dio tiempo a apartarme un par de pasos, y al pasar a mi altura, como un portero al tirarse a un penalti tirarme contra él e intentar pararlo. El golazo fue sonado en toda la sierra, y al verme “volando” hacia él, dio un salto y bajando y volviendo a subir en la ladera opuesta a la mía desapareció. Antes de taparse pude ver en la parte trasera de los jamones manchas de sangre por lo que las esperanzas que tenía en poder dar con él, y ya no por mi, si no por la que verdaderamente se merecía poder morderlo, casi se esfumaron.
Al pasar por el rastro pude cogerla y volver a traillarla pensando qué hacer, ya que el corzo iba muy entero, pero habiéndolo tenido tan cerca, me resistía a dejar de intentarlo, pero a sabiendas que volver a verlo iba a ser casi un milagro.
Llamé a mis dos amigos que estaban algo atrás, y tras comentarles lo ocurrido les dije lo difícil que veía volver a verlo pero como la dirección que había cogido era más o menos la del coche, que lo mismo nos daba ir por un sitio que por el otro y que ya que estábamos, que seguíamos.
Vuelta a empezar, perra en el rastro, esta vez fresco, pero sin dar una gota de sangre, y a seguirla…. A 600 metros del ultimo avistamiento y sin rastro del corzo ni sangre, y viendo que cada vez nos alejábamos más del coche, y cuando ya nada indicaba poder volverlo a ver, estando casi decidido que abandonábamos, la única que seguía obcedada con seguir era ella.
Tras convencer a mis amigos que era la última asomada que íbamos a hacer siguiendo el no rastro (para nosotros al menos) en un momento la perra se quedó petrificada, quedándose casi de muestra, y del modo en el que los zorros cazan los ratones en la nieve , de un salto se lanzó de cabeza contra un helecho que no estaría a más de medio metro, saliendo del mismo el corzo de un brinco y la perra tras él hasta lo que daba la cuerda.
En esta ocasión, ya que la distancia era muy poca, pude ver perfectamente donde llevaba el tiro; un raspón en los jamones que ni él se merecía, ni mis amigos la paliza, para lo que parecía no iba a llegar a nada, ni lo que más me preocupaba: dejar a ese animal malherido con un final nada esperanzador, y que Teba no pudiese finalizar su faena.
Esta vez no pregunté y volviéndole a seguir retomamos marcha más de medio kilómetro, cruzando arroyos y hasta una antigua vía del tren, hasta que siguiendo a la perra nos metimos en un bosque de helechos bastante más altos que nosotros en el que no se veía más allá de donde se pisaba o como diría mi gran amigo Rafa “no se veía ni escupir”
Al acordarme de que no estaba solo, y ser consciente de la paliza que les estaba dando a mis amigos, y la que yo llevaba, paramos otra vez, ya riéndonos de los surrealista de la situación, pero ya creo que al ver mi cara me animaron a seguir.
A los pocos pasos misma situación que en la última vez que lo levantamos; la perra se quedó petrificada y de un salto se lanzó contra una mata bastante tupida de la que al entrar ella, salió “volando” de nuevo nuestro corzo, esta vez si llegó a morderlo, pero debido al pequeño tamaño de la perra (8 kgs) el corzo siguió su camino.
Conseguimos salir de ese bosque de helechos en el que nos encontrábamos, y paramos a replantearnos un poco la jugada, ya que, si la cosa seguía así, me veía cruzando la provincia detrás del corzo, pero lo que tenía claro es que mientras la perrilla quisiera seguir, no iba a ser ni yo ni nadie quien se lo prohibiese.
Tras la breve parada, y en vista de que la perra quería seguir el rastro, por ver la zona dónde se dirigía esta vez, habiendo recorrido algo menos de 50 metros, y en la misma vereda por la que íbamos, pude ver el corzo tumbado de perfil, jadeando de la paliza que llevaba, y afectado de la noche que pasaría con ese mal tiro que no se merecía y que aunque no demasiada, la sangre que había perdido le estaba pasando factura.
El final fue rápido, ya que se encontraba a menos de 10 metros de mi, y con un tiro esta vez bien colocado acabé con su sufrimiento, con el de mis amigos y con el ansia de la que desde la noche anterior me había hecho vivir un lance que nunca olvidaré.
Al haberle contado a todos mis amigos aficionados (y no tanto) el lance, lo normal es que te pregunten: bueno, y… ¿que tal es? ¿Es grande? ¿Cuantas puntas tiene? ¿Es gordo? A lo que sólo me queda contestar que es el mejor corzo que tengo y el que mejor lugar se ha ganado en la pared, un corzo del que nunca me olvidaré y aunque hubiera preferido mil veces ahorrarle todo el sufrimiento con un lance limpio, ya que las cosas salieron como salieron, el orgullo de no haberlo dado por perdido y haber confiado en el instinto y afición de la que espero por muchos años me siga acompañando de caza.
PD: Aunque los datos que doy de distancias en el rastreo, como buen cazador pueden estar algo exagerados, son casi exactos ya que llevaba un reloj con gps con el que iba marcando cada punto.
PD2: Alguno se podrá preguntar por que en las veces que lo levantamos no lo rematé (o intenté hacerlo) de un tiro, y la verdad que podría haberlo hecho, pero estando en un coto que no conocía, y aunque mis amigos siempre iban detrás de mi, preferí perderlo a lanzar un trozo de plomo contra un monte en el que no sabía quién más pudiese haber.

Pablo Fernández-Salguero López
Autor: Pablo Fernández-Salguero López
08/07/2020 21:01:23
(0 vistas, 3 respuestas)
Una chica de barrio

Álvaro, buenas tardes,

me alegra leerte por aquí! enhorabuena por Teba y ese tesón de la perra!

Gracias por compartir con nosotros este relato y, sobretodo hacerlo con tal detalle que hemos podido vivir, como si estuviéramos allí en persona, la satisfacción que da el cobro de un animal herido... pero también el desasosiego que produce el rastreo de un corzo pinchado tras un mal tiro..

Saludos, Pablo

Álvaro Peña de los Santos
Autor: Álvaro Peña de los Santos
09/07/2020 14:07:15
(0 vistas, 3 respuestas)
Una chica de barrio

Alfonso Urbano López de Carrizosa
Autor: Alfonso Urbano López de Carrizosa
02/09/2020 0:09:11
(0 vistas, 3 respuestas)
Una chica de barrio

Enhorabuena Álvaro!

Por el lance, la perri, la afición, y el relato. Qué gustazo cuando se encuentra un animal pisteado. El sitio por cierto precioso!

Un saludo,

Alfonso Urbano